Era una mañana radiante,
libre de preocupaciones y problemas. La cortina estaba abierta y entraba un
tímido rayo de luz que apuntaba de una forma casi intencionada hacia el
calendario. Después de desperezarme y vestirme, recordé la montaña de cosas y
encargos que tenía que hacer aquella mañana de domingo, pero acabé determinando
que todo aquello esperaría al lunes. Era su día, el nuestro, y pensaba
disfrutarlo como ella querría. Así que después de desayunar me puse la chaqueta
y me dirigí hacia la floristería. Habiendo comprado unas bonitas rosas rojas y
frescas, como las que crecían en nuestro jardincito, decidí poner rumbo al
lugar más importante del mundo. Allí donde nos conocimos, donde paramos a tomar
un helado. Aquel lugar, ahora mudo, que había oído todo lo que de nuestros
labios llegó a salir…
Poco tardé en llegar al
gran espigón que se abría paso en el mar, imponente pero dormido. Caminar en él
producía una extraña sensación liberadora. Poco a poco, cogido a la barandilla,
me adentraba más y más hasta que de golpe…calma. No pude evitar sonreír. Mis
ojos, secos ya de haber derramado lágrimas antes, eran felices de poder verla.
Hacía viento y sus cabellos jugaban en él, largos y
rubios, como los recordaba. Su figura perfecta me daba la espalda, sentada al
final de aquel largo pasillo de hormigón. Llevaba un vestido blanco, precioso.
Una tira le caía por la espalda y dejaba que un pequeño lunar se intuyese.
No podía avanzar. Mis
pies no eran capaces de moverse y toda ella se me antojaba una aparición divina.
De golpe se giró y al verme se puso de pie. Caminaba hacia mí como movida por
la suave brisa marina, con una sonrisa tímida y una mirada dulce.
Yo ya era consciente de
que había una posibilidad muy alta de que ella estuviese allí, esperando a que
yo apareciese, ya que era mi obligación. En cambio, ahora que ya estaba allí y
la tenía delante, sentía miedo, me asustaba mucho el hecho de que, habiendo
pasado tanto tiempo, ella me rechazase. Mi actitud hasta el momento no podía
excusarse de ninguna manera, no me había atrevido a visitarla ni una sola vez.
Con este último
pensamiento llegó ella al punto donde yo me encontraba y pude sentir su mano en
mi cara, con una suave caricia. No lograba entender cómo, después de todo lo
que le había hecho, ella seguía mirándome a los ojos, de aquella forma tan
dulce y tierna. Cogí aire dispuesto a intentar explicar la forma en la que
había actuado aquél último año, esquivándola, evitando verla para no tener que
afrontar nuestra situación desde el momento en que todo acabó. Pero entonces,
con un gesto suave, como llevado por el viento, se llevó el índice a los
labios, haciéndome callar, sonriendo. Se dio media vuelta hacia l apunta del
espigón dónde la había visto en un primer momento. La seguí y nos sentamos, uno
al lado del otro, en silencio, con los ojos clavados en aquel inmenso mar.
Las horas fueron pasando
y, como en un monólogo, yo iba explicándole todo lo que había pasado aquel año
en que ella había estado lejos de mí. Recuerdo haberle dicho mil veces que lo
sentía, que sentía no haber tenido contacto con ella. Le expliqué mis motivos,
el miedo, la forma con la que intentaba negar la realidad, de no aceptar que
todo había acabado. Ella no decía nada, sólo me miraba, con aquellos ojos
verdes que parecían perdonarlo todo. Sabía que en el fondo de su alma, aquel
era un silencio compasivo.
Y cuando por fin me
sentía bien conmigo mismo, se levantó. Brillaba como un ángel. Me miró y sin
decir nada se lanzó al agua. Su cuerpo ligero se fundió con el agua salada del
mar.
Yo, con lágrimas en los
ojos, contemplaba irse aquella figura creada por mi imaginación igual que,
hacía un año, había visto saltar de aquel espigón al amor de mi vida. Volvía a
sentir la misma impotencia porque, aunque era producto de mi imaginación y del
deseo incontrolado de sentirla cerca, intentaba no dejarla escapar de nuevo.
Poco a poco fui
recuperándome. En el suelo estaba el ramo de rosas rojas y frescas. Lo cogí y
con suavidad lo lancé al agua. Volviendo a casa subiéndome el cuello de la
chaqueta decidí que dos veces al mes la visitaría. Visitaría su tumba y le
llevaría rosas, como a ella le gustaría.
Desde entonces, cada 1 de
Marzo vuelvo al espigón desde donde ella, mi razón de vivir, decidió acabar con
todo, pasando a ser víctima de sus propios miedos, dejándose llevar por un
impulso y regalando al mar su último suspiro.