Me levanto y sigo caminando, lenta, envolviéndome con el aire salado y regalando a mis oídos el rumor de las olas romper en la orilla. Pienso y navego a la deriva. Repaso una y otra vez mis errores, mis virtudes y mis defectos. Pero no, no quiero pensar, no ahora. Me he cansado ya de cavilar sobre mí y sobre lo que hago bien o mal. Ahora es mi momento, un momento sola, tranquila, en paz. Las gaviotas vuelan alto, no hay ninguna nube en el cielo y no tengo nada que hacer.
De pronto, como un rayo de luz, lo veo. Está ahí, a escasos metros de mí. Con su sonrisa, pintando. El destino es algo curioso, que te regala pequeñas cosas de vez en cuando. Paso por el lado, procuro sujetar el cuadro que llevo bajo el cuadro a modo de que lo vea. Mi cuadro, su cuadro. Paso lenta, intento retrasar mis pasos, llamar su atención. No mira, pero sonríe. Es posible que me haya visto hacer todo aquello para hacerme notar. Cuando ya le he adelantado, oigo un silbido a mis espaldas.
“Bonita mirada”.
Me deshago. No sé qué hacer y sonrío. Me vuelvo y lo veo mirándome, con una sonrisa pintada en la cara. Perfecto. La combinación de los rayos del Sol en su piel morena es espléndida. Su cabello negro ondea al viento y ha cubierto sus ojos con unas bonitas Ray-Ban negras.
Acto seguido se levanta y se dirige hacia mí, con paso firme. Me agarra al mano y me lleva. No sé porqué no opongo resistencia, al fin y al cabo, no lo conozco de nada. Pero despierta en mí una confianza inexplicable. Y así, ajena a todo problema me abandono, me pierdo en su olor y en sus manos, mientras él me conduce hacia la orilla. Y se sienta. Y me siento. Nos miramos, sonreímos, no sé de qué, ni siquiera sé si existe algún motivo para hacerlo. Pero noto que me hace bien. Mi estómago se llena de mariposas, mi cabeza deja de pensar y sólo puedo sonreír. La arena está húmeda y moja mis vaqueros, pero no me importa.
Pasado un rato, se gira hacia mí y me pregunta mi nombre. Hablamos, hablamos largo y tendido. Sobre todo. Sobre la vida, sobre el amor. Entonces, echa mano del cuadro que me había entregado y le da la vuelta. En él, hay un número y un nombre. Su nombre, su teléfono.
“Por si no volvíamos a vernos, no soportaba la idea de perder tu mirada entre la gente”
Mi cara es ya un farolillo encendido. No sé qué hacer o decir. Pero me siento feliz de saber que él también se había fijado en mí. Me levanto y se levanta. Caminamos por la orilla, en silencio. El agua moja nuestros pies, está fría, pero no molesta. Llegamos lejos y miro atrás, nuestras huellas no están. Nuestro camino se ha perdido en el mar, el único testigo de nuestro recorrido es el Sol, que ya se va. Atardece en la playa, el agua se tiñe de rojo, y la gente abandona la playa. Así, en silencio, sin nadie a nuestro alrededor, bajo la atenta mirada de los últimos rayos del ocaso, me besa. Un beso largo, dulce, cálido. En mi interior se mezclan distintos sentimientos, me siento feliz y plena. Pero, por otra parte me siento culpable aunque no sé muy bien el porqué. Cuando sus labios se separan de los míos, me mira. Con una mirada dulce, cargada de emociones. Sus verdes ojos brillan y sonríe. Y yo, aparco toda la culpabilidad inexplicable y sonrío, radiante, le regalo mi mejor sonrisa y estoy segura de mí misma. Muy segura.