lunes, 7 de noviembre de 2011

Félix Lope de Vega i Carpio II

Un soneto me manda hacer Violante,
que en mi vida me he visto en tanto aprieto;
catorce versos dicen que es soneto,
burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante
y estoy a la mitad de otro cuarteto,
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
Por el primer terceto voy entrando,
y parece que entré con pie derecho
pues fin con este verso le voy dando.
Ya estoy en el segundo y aun sospecho
que voy los trece versos acabando:
contad si son catorce y está hecho.

Félix Lope de Vega y Carpio

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

domingo, 25 de septiembre de 2011

A mí, para dejar de ser tan yo.

No es tanto por el qué ni por el quién. No me duele más tu pensamiento que tu actuación. El silencio por respuesta cierra toda vía de comunicación. Me pediste sinceridad y te la di. Te abrí el corazón, a ti, a alguien con quién apenas tengo trato. ¿Y para qué? Para que supieses y callases, para que te fueras sin decir nada, como una sombra en la noche…
Dime, ahora que sabes ¿estás acaso más tranquilo? ¿eres más feliz sabiendo que hay otra víctima más de tu encanto y tu inocente palabrería?
Estoy casi segura de que no lo hacías con maldad. De que nos dábamos pábulo casi sin quererlo, sólo por diversión. Pero hasta el momento en que contesté a esa pregunta, justo el instante después en que me dijiste que olvidara y ordenara mis ideas…justo hasta que dos lágrimas se hundieron en mi almohada no supe cuán cierto era mi sentimiento.
Desde el cielo, las estrellas y la luna me miraban con compasión, como tantas otras veces. Me daba rabia haber caído de nuevo en los juegos de Cupido, que ciego, había vuelto a disparar plomo.
La racionalidad y la madurez que prometí con mi último desengaño se fueron, empujadas por el dulce viento de la noche, que movía mis cortinas suavemente, casi como arrullándolas.
Me refugié en mis sábanas, intentando ponerme a salvo de mí misma, de la vergüenza y la ira que sentía hacia mi persona. Abracé mi cojín y me mordí la lengua en un intento desesperado por acallar mi cabeza. Los ojos de las fotografías se posaban en mí como preguntándome dónde quedaban mi entereza y mi dignidad. Esas preguntas mudas, ése silencio, el viento, las luces en las calles…Todo cobraba un sentido triste, desesperante e inquietante. Lo último que recuerdo antes de dormir, fue el pensamiento de que todo había sido una mera pesadilla. Una macabra y pesada broma del destino.
Y dormí, toda la noche.
La mañana siguiente hizo darme cuenta, tras esos dulces y bellos instantes de inconsciencia matutinos, que los mensajes, la conversación de la noche anterior y el gran silencio posterior seguían allí, en mi mesa, en mi cama, en el aire, en mí. Que mi error seguía pegado a mis talones y en mi cabeza residía aún el ‘odio’ hacia mí misma, por mi debilidad, por mostrarme vulnerable, entera, yo misma, a ti. Por abrirte al puerta a mi templo ordenado y racional, por permitir que tus bonitas palabras arrasaran como lo hicieron los cristianos en Alejandría y mataran a su paso los resquicios de fuerza que quedaban.
Rompiste mi escudo para pisar dentro de mí y dejar tu marca, como quién hace grafitis. Y te fuiste. Me abriste en canal y te llevaste contigo lo poco de mí que dejaste vivo.
Ahora toca volver a empezar, de cero, a construir una nueva fortaleza en mí. Con casa incursión las técnicas mejoran. Pero estoy segura de que las murallas volverán a caer y yo estaré en primera fila, espectadora del caos organizado, impotente y sola, sin poder hacer nada por evitarlo.
Jamás escribí algo tan triste, tan mío, tan íntimo y a la vez tan ansioso de trascender. De no haber sido por mi debilidad jamás hubiera sabido de la gran romántica que soy. Como ves no te debo nada, pero igualmente…Gracias. 

domingo, 21 de agosto de 2011

Rima LIII


Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
        jugando llamarán.
  Pero aquellas que el  vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres...
        ¡esas... no volverán!.
  Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde aún más hermosas
        sus flores se abrirán.
  Pero aquellas, cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día...
        ¡esas... no volverán!
  Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
        tal vez despertará.
  Pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido...; desengáñate,
        ¡así... no te querrán!

El Contemplado

De mirarte tanto y tanto,
del horizonte a la arena,
despacio,
del caracol al celaje,
brillo a brillo, pasmo a pasmo,
te he dado nombre; los ojos
te lo encontraron, mirándote.
Por las noches,
soñando que te miraba, al abrigo de los párpados
maduró, sin yo saberlo,
este nombre tan redondo
que hoy me descendió a los labios.
Y lo dicen asombrados
de lo tarde que lo dicen.
¡Si era fatal el llamártelo!
¡Si antes de la voz, ya estaba
en el silencio tan claro!                                                                            
¡Si tú has sido para mí,
desde el día
que mis ojos te estrenaron,
el contemplado, el constante
Contemplado!
                                             Pedro Salinas

La ventana.


Desde mi ventana se aprecian con claridad los colores claros de una mañana de Febrero. Los edificios, aún dormidos, se levantan en medio de la ciudad. Hay poco tráfico en la carretera, la silueta de una fábrica se dibuja entre los grandes bloques de pisos y al fondo, el mar.
La gente viene y va, unos con prisas al trabajo, otros haciendo deporte aprovechando la frescura de las primeras horas. Y así, desde mi ventana, veo despertar Badalona.
En primer plano, pegado a mi ventana, veo el patio del colegio. Un patio vacío que dentro de pocos minutos será escenario del reencuentro de amigos, cargados con mochilas, repletas de libros. Reencuentro que se repite días a día, convirtiéndose en un monótono vaivén de críos somnolientos, de caras recién lavadas y de sueños acabados de desaparecer.
El Sol, tímido, asoma entre una telaraña de nubes blancas. Una gaviota sobrevuela el cielo, seguida por una bandada de cientos de palomas.
Vuelvo la cabeza y miro dentro del aula. En el interior, medio dormidos y con caras largas, los alumnos medio atienden a la maestra. Aunque seguramente cada uno de ellos piensa en otra cosa.
Toca el timbre que marca el fin de una asignatura, y así, con los párpados aún cerrados y arrastrando los pies, llega una segunda hora, que nos acerca más al final de la jornada educativa que tanto deseamos acabar.

viernes, 19 de agosto de 2011

Clarence Clemons: A legend.

Jungleland, saxo solo.

Clarence Clemons, miembro de la E Street Band de Buce Springsteen. Inconfundible e inigualable saxofonista nos deja como legado su gran obra, como este solo en la canción Jungleland de el Boss. Más conocido como Big Man, Clemons nos dejaba para siempre el día 18 de Junio de 2011 en su casa de Florida tras un derrame cerebral.



(http://www.clarenceclemons.com/main.htm)

miércoles, 17 de agosto de 2011


Llovía. Era un día monótono y deprimentemente gris. La gente se cubría con chubasqueros y paraguas, caminaban cabizbajos, sumidos en sus pensamientos, caminando con paso pesado y triste. El día acompaña mi mente. Mi interior hoy también está gris y mis recuerdos lloran. Intento no pensar demasiado, pues pensar en ello sólo sirve para ennegrecer mi corazón y hacer brotar lágrimas de mis ojos. Pero es difícil. Es difícil no echar la vista atrás, hacer acopio de valor y rememorar tiempos pasados. A veces pienso en qué hubiera pasado si no hubiera dicho o hecho algo. No me han enseñado así, siempre me han dicho que no hay que arrepentirse de lo que haces, porque en algún momento pensaste que era lo mejor.  Pero no lo creo. Siempre hay algo de lo que arrepentirse. Aunque hay algo curioso en mí. Me arrepiento más pr lo callado que por lo dicho. Cuando dices algo y te arrepientes más tarde, puedes disculparte, pero, si por lo contrario te callas, luego ¿A quién te disculpas? Sólo te queda pedirte perdón a ti mismo por no haber sido lo suficientemente valiente para decirlo, para decir aquello que querías que el mundo supiese. Ahora es tarde para volver atrás. Esa sensación me come por dentro y por muchas cosas que tenga en la cabeza, el recuerdo del arrepentimiento me acecha  detrás de un matojo de recuerdos, como una hiena. 

Puestos a escribir una historia fantasiosa, que nos haga perdernos en su trama, con resultados inesperados y elementos sacados de las mejores películas de ficción, ¿porqué no escribir una historia real?
En mi opinión diré que las mejores historias fantásticas se encuentran en el día a día de alguien. De un humano normal, de clase media, trabajador. No hace falta nada más que eso para sacar el mejor relato de ficción jamás leído. Al leer un libro sobre efectos paranormales, súper poderes, magos y fantasía, nos da la sensación de haberlo leído ya antes. “Leído uno, leídos todos”. Muchos de nosotros lo pensamos. Pero en cambio, ¿se ha conocido a lo largo de esta, nuestra historia, dos vidas de dos personas diferentes, obvio, que sean iguales? La respuesta es muy simple: No. Por lo tanto, esta reflexión se podría resumir en una corta frase:
Las mejores historias de fantasía, no llevan autor, son anónimas.

domingo, 15 de mayo de 2011

A mi padre.

“Sólo un padre lo da todo para allanar el camino de sus hijos, con coraje, con cariño. Y esta línea quiero dedicarle: Sólo un padre, pero el mejor hombre.”

Cuando leí ésta frase, supe que tenía razón. Un padre no es un superhéroe como los de Marvel. No vuela como Superman, ni tiene las habilidades de Spiderman, pero para mí, el mayor superhéroe jamás visto es un padre.
Un padre quiere incondicionalmente, saca fuerzas de flaqueza ante cualquier dificultad de su hijo, le apoya, se alegra de sus alegrías, comparte sus penas y nunca se viene abajo. Es alguien que sabe dar un abrazo cuando su hijo más lo necesita, que le aconseja, que sufre por él y que por mucho que el hijo se equivoque, nunca desiste.
Son pocos los hijos capaces de reconocer lo que día a día hace su padre por ellos, y en esto me incluyo. Muy posiblemente no damos las gracias todo lo que deberíamos e incluso a veces, nos enfadamos si no se nos concede algo. Pero no lo hacemos con mala intención.  En el fondo, damos gracias y somos conscientes de la suerte que tenemos.
Por eso, aprovecharé éste día del Padre para darte las gracias por todo lo que has hecho de mí. Me has convertido en una persona. Aunque parezca una tontería, es cierto.  Me has hecho ver cosas, entrar en razón y aprender. Me has dado un abrazo en el momento justo, cuando más los necesitaba. Un abrazo de esos que sólo tú sabes dar, de los que hacen que me sienta en paz y que todos los problemas se vayan lejos, muy lejos.  Me has enseñado que la vida no es un camino de rosas, y que si quiero algo, debo luchar por ello. En definitiva, me has enseñado a vivir.
Por eso, aunque a alguien le parecerá poco, quiero decirte que GRACIAS PAPÁ. Gracias por llevarme de la mano, gracias por ser mi superhéroe.

Pintor de miradas, segunda parte

Me levanto y sigo caminando, lenta, envolviéndome con el aire salado y regalando a mis oídos el rumor de las olas romper en la orilla. Pienso y navego a la deriva. Repaso una y otra vez mis errores, mis virtudes y mis defectos. Pero no, no quiero pensar, no ahora. Me he cansado ya de cavilar sobre mí y sobre lo que hago bien o mal. Ahora es mi momento, un momento sola, tranquila, en paz. Las gaviotas vuelan alto, no hay ninguna nube en el cielo y no tengo nada que hacer.
De pronto, como un rayo de luz, lo veo. Está ahí, a escasos metros de mí. Con su sonrisa, pintando. El destino es algo curioso, que te regala pequeñas cosas de vez en cuando.  Paso por el lado, procuro sujetar el cuadro que llevo bajo el cuadro a modo de que lo vea. Mi cuadro, su cuadro. Paso lenta, intento retrasar mis pasos, llamar su atención. No mira, pero sonríe. Es posible que me haya visto hacer todo aquello para hacerme notar. Cuando ya le he adelantado, oigo un silbido a mis espaldas.
“Bonita mirada”.
Me deshago. No sé qué hacer y sonrío. Me vuelvo y lo veo mirándome, con una sonrisa pintada en la cara. Perfecto. La combinación de los rayos del Sol en su piel morena es espléndida. Su cabello negro ondea al viento y ha cubierto sus ojos con unas bonitas Ray-Ban negras.
Acto seguido se levanta y se dirige hacia mí, con paso firme. Me agarra al mano y me lleva. No sé porqué no opongo resistencia, al fin y al cabo, no lo conozco de nada. Pero despierta en mí una confianza inexplicable. Y así, ajena a todo problema me abandono, me pierdo en su olor y en sus manos, mientras él me conduce hacia la orilla. Y se sienta. Y me siento. Nos miramos, sonreímos, no sé de qué, ni siquiera sé si existe algún motivo para hacerlo. Pero noto que me hace bien.  Mi estómago se llena de mariposas, mi cabeza deja de pensar y sólo puedo sonreír. La arena está húmeda y moja mis vaqueros, pero no me importa.
Pasado un rato, se gira hacia mí y me pregunta mi nombre. Hablamos, hablamos largo y tendido. Sobre todo. Sobre la vida, sobre el amor. Entonces, echa mano del cuadro que me había entregado y le da la vuelta. En él, hay un número y un nombre. Su nombre, su teléfono.
“Por si no volvíamos a vernos, no soportaba la idea de perder tu mirada entre la gente”
Mi cara es ya un farolillo encendido. No sé qué hacer o decir. Pero me siento feliz de saber que él también se había fijado en mí. Me levanto y se levanta. Caminamos por la orilla, en silencio. El agua moja nuestros pies, está fría, pero no molesta. Llegamos lejos y miro atrás, nuestras huellas no están. Nuestro camino se ha perdido en el mar, el único testigo de nuestro recorrido es el Sol, que ya se va. Atardece en la playa, el agua se tiñe de rojo, y la gente abandona la playa. Así, en silencio, sin nadie a nuestro alrededor, bajo la atenta mirada de los últimos rayos del ocaso, me besa. Un beso largo, dulce, cálido. En mi interior se mezclan distintos sentimientos, me siento feliz y plena. Pero, por otra parte me siento culpable aunque no sé muy bien el porqué.  Cuando sus labios se separan de los míos, me mira. Con una mirada dulce, cargada de emociones. Sus verdes ojos brillan y sonríe. Y yo, aparco toda la culpabilidad inexplicable y sonrío, radiante, le regalo mi mejor sonrisa y estoy segura de mí misma. Muy segura.

Pintor de Miradas.

Y así, con el Sol observando desde lo alto del cielo claro, transcurre en calma la mañana de un domingo cualquiera de un precioso mes de Marzo. Las gentes pasean por el camino asfaltado que lleva a la playa, despreocupados, llenos de ilusiones. Más allá, una pareja corre por la arena, con el viento haciendo ondear el cabello moreno de ella mientras, él, ríe divertido y la mira, con unos ojos llenos de pureza, la pureza y frescura de un amor joven.
Un poco más lejos, un joven se sienta y dibuja. Plasma en un pequeño lienzo, un bonito paisaje. Una playa. Lo miro detenidamente y observo todos y cada de sus trazos, limpios, seguros. No duda. Moja su pincel en una paleta de esas típicas, de las redondas con un agujerillo. Pinta con brío, sin dejar de mirar el lienzo, como si tuviera su modelo en la cabeza. Y en parte lo está. Poco a poco, la figura de una muchacha aparece en el cuadro. Tímida, difuminada al principio, luego con más fuerza y color. Irradia un brillo en aquél paisaje costero que parece salir de lo más profundo de su mirada. El joven pintor cierra si maletín de pinturas y se limpia las manos con una vieja tela. Se queda quieto, observando su creación, atento, repasando cada trazo, cada pincelada y sonríe satisfecho, finalmente. Quién sabe qué estará pensando. Quién sabe qué recuerdos evoca esa mirada radiante y joven. Qué dulces sabores le hará recordar. Luego, más tarde, se levanta. Me mira, y yo, embobada y perdida en mis cávilas sigo mirándolo a los ojos, castaños, grandes, llenos de vida. Me sonríe y mis mejillas adoptan un color rojo, como el de un amanecer.  Se ha dado cuenta. Y dejándome atontada, perdida en su aura de misterio y belleza, se va. Porta con él el cuadro. Pero, antes de marchar definitivamente, se acerca a mí y me tiende el lienzo. Ahora que lo veo más detenidamente me doy cuenta. Ésa joven, la de la mirada luminosa, soy yo. Vuelve a sonreírme y ahora, la que sonríe por dentro, soy yo. Se vuelve y se va, mientras yo, cobarde y ruborizada como una cría de dieciséis años consigo entonar un débil ‘Gracias’ mientras me castigo por no haber sido capaz de decir nada más inteligente y a tiempo, para poder haber seguido charlando con aquél peculiar pintor de miradas.