Lo que ayer era motivo de felicidad, hoy le escuece. Sus propias lágrimas la ahogan y tantos interrogantes la hunden… ¿Por qué no la dejaba pensar a ella? Su pequeño príncipe no estaba en condiciones de decidir lo que a Helena más le convenía. Esgrimía su enfermedad como argumento válido para romper con ella, para echar por el suelo el amor que ambos sentían. Si la hubiese dejado por otra, si al menos Helena supiese que el que había iluminado sus días ahora sería feliz con otra a la que pudiese declarar su amor, no se torturaría tanto. Pero ahora se maldecía por no vivir en la capital, por no poder cuidarle, por ser la causa y efecto de sus dolores de cabeza…
Tumbada en su cama se sentía febril y débil, no quería comer, sólo lloraba y leía una vez tras otra aquella larga conversación en la que él aseguraba, no cambiaría de opinión. En el fondo la muchacha sabía que al otro lado había una persona tan endeble y frágil como lo era ella en ese instante. Se culpaba por no poder enderezar aquella relación, por no estar en ese momento frente a frente y demostrarle que quería pasar lo que les quedase de vida a su lado, que podía hacerle feliz y que nada sería tan dulce y perfecto como los besos que le prometía.
Por otra parte, el ser raciona que Helena llevaba dentro y que hasta entonces había permanecido amordazado y a oscuras en el fondo de su alma, salió a la luz. Le susurró al oído que la posibilidad de que aquello que había empezado se acabara tarde o temprano, era la opción que tenía el porcentaje más alto de cumplirse. “Aunque tu parte romántica y soñadora me encerrara y tomara protagonismo, sabías que algo no iba bien, él te dijo más de una vez que tenía miedo de estar enamorándose de ti. Tú lo veías todo fácil, como un camino de baldosas amarillas rodeado por parterres de flores y amor, pero las cosas no son así.” “Pero él me quiere, Dani me sigue queriendo y yo lo sé, algo podré hacer…” Helena se esforzaba de veras por pensar algo rápido, para que sus ojos dejaran de llorar, para que todo fuese como días anteriores, cuando él le describía de la manera más dulce lo que ambos se morían de ganas de hacerse: “¿Que qué haría? me acercaría a ti, empezaría a acariciarte, a retirarte el pelo, a sonreírte, a mirarte con cara de deseo por besarte y te besaría. Sin poder controlarme, perdiéndome en tu boca. Te tumbaría, me sería inevitable besarte por el cuello...morderte, mirarte una y otra vez sintiendo unas ganas incontrolables por comerte entera. Empezaría a quitarte la ropa y a besarte por cada parte de tu cuerpo. A acariciarte, a escribirte con las manos lo muchísimo que te quiero, a susurrártelo...A poder abrazarte y sentir que solo existimos tu y yo. Recorrería cada parte de tu cuerpo, te demostraría a cada segundo que pase lo muchísimo que te deseo y...y con todo el cariño del mundo empezaríamos a hacer el amor y me volverías loco...me descontrolaría y estaría bajo tu poder, porque me superas...”
Y entonces, rompió a llorar de nuevo... sentía morir todo su amor, notaba cómo el corazón se le enfriaba y se apagaba, sumido en un enorme letargo que nadie conocería nunca, su amor fugaz, más intenso que cualquier beso, más bonito que cualquier poema de Neruda. Recordaba la canción que un día se permitió el lujo de dedicar al príncipe de sus ojos, la tarareaba y moría de dolor...”Por ti volaré, espera, que llegaré, mi fin de trayecto eres tú...” Y lo era, lo era, antes su fin de trayecto era él, ahora era una oveja descarriada, un marinero sin puerto, una mañana sin Sol, una princesa sin su príncipe...
Todo había acabado tan de repente y ya nada sería como antes, tocaba asumirlo aunque doliera.
Por las historias que acaban incluso antes de empezar, porque siempre son los amores frustrados aquellos que nos dejan una huella más profunda. Estoy segura que desde donde quiera que acabemos, siempre nos acordaremos de lo que vivimos unos días y que el miedo te obligó a abandonar…