martes, 31 de enero de 2012


Lo que ayer era motivo de felicidad, hoy le escuece. Sus propias lágrimas la ahogan y tantos interrogantes la hunden… ¿Por qué no la dejaba pensar a ella? Su pequeño príncipe no estaba en condiciones de decidir lo que a Helena más le convenía. Esgrimía su enfermedad como argumento válido para romper con ella, para echar por el suelo el amor que ambos sentían. Si la hubiese dejado por otra, si al menos Helena supiese que el que había iluminado sus días ahora sería feliz con otra a la que pudiese declarar su amor, no se torturaría tanto. Pero ahora se maldecía por no vivir en la capital, por no poder cuidarle, por ser la causa y efecto de sus dolores de cabeza…
Tumbada en su cama se sentía febril y débil, no quería comer, sólo lloraba y leía una vez tras otra aquella larga conversación en la que él aseguraba, no cambiaría de opinión. En el fondo la muchacha sabía que al otro lado había una persona tan endeble y frágil como lo era ella en ese instante. Se culpaba por no poder enderezar aquella relación, por no estar en ese momento frente a frente y demostrarle que quería pasar lo que les quedase de vida a su lado, que podía hacerle feliz y que nada sería tan dulce y perfecto como los besos que le prometía.
Por otra parte, el ser raciona que Helena llevaba dentro y que hasta entonces había permanecido amordazado y a oscuras en el fondo de su alma, salió a la luz. Le susurró al oído que la posibilidad de que aquello que había empezado se acabara tarde o temprano, era la opción que tenía el porcentaje más alto de cumplirse. “Aunque tu parte romántica y soñadora me encerrara y tomara protagonismo, sabías que algo no iba bien, él te dijo más de una vez que tenía miedo de estar enamorándose de ti. Tú lo veías todo fácil, como un camino de baldosas amarillas rodeado por parterres de flores y amor, pero las cosas no son así.” “Pero él me quiere, Dani me sigue queriendo y yo lo sé, algo podré hacer…” Helena se esforzaba de veras por pensar algo rápido, para que sus ojos dejaran de llorar, para que todo fuese como días anteriores, cuando él le describía de la manera más dulce lo que ambos se morían de ganas de hacerse: “¿Que qué haría? me acercaría a ti, empezaría a acariciarte, a retirarte el pelo, a sonreírte, a mirarte con cara de deseo por besarte y te besaría. Sin poder controlarme, perdiéndome en tu boca. Te tumbaría, me sería inevitable besarte por el cuello...morderte, mirarte una y otra vez sintiendo unas ganas incontrolables por comerte entera. Empezaría a quitarte la ropa y a besarte por cada parte de tu cuerpo. A acariciarte, a escribirte con las manos lo muchísimo que te quiero, a susurrártelo...A poder abrazarte y sentir que solo existimos tu y yo. Recorrería cada parte de tu cuerpo, te demostraría a cada segundo que pase lo muchísimo que te deseo y...y con todo el cariño del mundo empezaríamos a hacer el amor y me volverías loco...me descontrolaría y estaría bajo tu poder, porque me superas...”
Y entonces, rompió a llorar de nuevo... sentía morir todo su amor, notaba cómo el corazón se le enfriaba y se apagaba, sumido en un enorme letargo que nadie conocería nunca, su amor fugaz, más intenso que cualquier beso, más bonito que cualquier poema de Neruda. Recordaba la canción que un día se permitió el lujo de dedicar al príncipe de sus ojos, la tarareaba y moría de dolor...”Por ti volaré, espera, que llegaré, mi fin de trayecto eres tú...” Y lo era, lo era, antes su fin de trayecto era él, ahora era una oveja descarriada, un marinero sin puerto, una mañana sin Sol, una princesa sin su príncipe...
Todo había acabado tan de repente y ya nada sería como antes, tocaba asumirlo aunque doliera.
Por las historias que acaban incluso antes de empezar, porque siempre son los amores frustrados aquellos que nos dejan una huella más profunda. Estoy segura que desde donde quiera que acabemos, siempre nos acordaremos de lo que vivimos unos días y que el miedo te obligó a abandonar…

miércoles, 25 de enero de 2012

Hoy.

Ahora me siento morir, siento que nada tiene sentido. Un millón de gotas brotan de mis ojos confundiéndose con la lluvia de este horrible día de enero. Truena y el cielo se ilumina con los rayos intermitentes, pero nada me importa.
En cuanto me  he enterado lo único que he podido hacer ha sido salir corriendo de casa corriendo, sin paraguas, sin chaqueta, sin un rumbo fijo. Sólo quería dejar de pensar, necesitaba que en mi cabeza dejasen de retumbar aquellas palabras. Sólo quería despertar de esta pesadilla.
En cierto modo era una posibilidad que barajaba, pero ahora que se había cumplido no quería asumir la realidad. Todas mis ilusiones, todos mis planes, todo por el desagüe. Si bien mi fe se había tambaleado miles de veces, ahora que se había ido lo que prácticamente me había hecho sonreír los dos últimos meses, ya no creía en nada. Estoy muerta por dentro. No siento frío, tampoco el agua empapándome la ropa, no siento ni dolor porque él mismo me insensibiliza. Miro el puente que cruza la autopista. Todo sería tan fácil, acabar con todo sería sencillo, pero cobarde. Me imagino que no soy la única que sufre y eso me causa más dolor todavía.
Sólo puedo preguntarme por qué. Después de tanto sufrimiento hasta conseguirlo, todo se iba tan rápido…de un plumazo. ¿Por qué yo?, ¿Por qué aquello? Del mismo dolor me dejo caer en mitad de la calle. En verme, una mujer se acerca y me pregunta si necesito alguna cosa. “Sí, necesito irme, dejar de pensar, morir”, no digo nada. Me he limitado a llorar más y más, a maldecir todo en cuanto creía. La razón, el corazón, todo.
Mis padres han salido a buscarme. No he llegado muy lejos, estoy prácticamente al lado de casa. Me encuentran tendida en el suelo, temblando y con los labios morados. No quiero volver a casa, enfrontarme a la realidad es tan horrible…Imagino las caras de todos, llorando, con la mirada vacía, clavada en un punto y sin hablar.
Con una taza de café delante lo único que puedo hacer es escribir. Y escribo, le confieso a mi pluma el momento más duro de mi vida, le confío mis secretos, mis miedos, mis llantos…Creo que es la única que de verdad me entiende, me deja expresarme y calla. Escucha paciente todo lo que tengo que contar, me desahogo, pero no me siento mejor. Creo que nunca volveré a sentirme igual.


De aquel día hace hoy un par de años. De veras creí que nunca saldría a la luz, el día más triste de mi vida. Pero lo he rescatado porque hoy 25 de enero de 2012 alguien me ha recordado lo hundido que te sientes al perder a alguien querido y lo importante que es compartirlo.

lunes, 23 de enero de 2012

Petit desastre animal.

En tornar a casa les cames encara em feien figa. Pensava en aquell instant un cop i un altre, buscava algun error que pogués fer-me canviar, però no hi havia cap. Tot havia sigut com havia de ser, perquè així estava dictat. Potser vaig forçar massa la màquina, vaig ser una inconscient i ara pago les conseqüències. No pensava via en què vindria després, només veia que volia tastar el gust dels teus llavis sota aquella pluja, desitjava que m’agafessis i em fessis el petó que tant havia anhelat aquella setmana. Des del moment que vam pactar la trobada no havia pogut treure’m la cara d’idiota del damunt, i ara, ara encara la conservava però per un altre motiu. Ara tenia el dubte d’haver fet bé. En un principi jo creia que si ho feia convençuda era perquè estava bé, però ara, unes quantes il·lusions i un sms més tard, no ho tenia tan clar. Tot ha de ser tan difícil? Si no volies bastava amb no fer res, perquè sabies molt bé que estava completament penjada de tu.

domingo, 22 de enero de 2012

Autobús stuff.

Era una fría tarde de enero y el calor concentrado en el interior del 26 empañaba los cristales. Fuera llovía y venteaba, tanto, que era preferible mojarse antes que tirar del paraguas. El paisaje era verdaderamente deprimente, todo oscuro, frío, sin alma. Una chica en un semáforo lucía un chubasquero amarillo, de ésos que ya no hay, largo y brillante. Me pareció un intento inútil y desesperado por dar algo de alegría a la situación y reí para mis adentros.
Volví la cabeza, tanta oscuridad y depresión destrozaba mis nervios, y la cabeza me pesaba un quintal. Dentro, un par de mujeres hablaban animosamente, ajenas a la desolación húmeda de la calle, mientras que dos críos discutían sobre algo que seguramente sería fundamental para ellos. En otros asientos, una pareja se miraba enamorada. Él la tenía abrazada y ella, muerta de frío con la nariz roja al igual que las mejillas, le tomaba la mano y se la acariciaba con ternura. Aquella imagen me conmovió por completo. Desde que habían entrado en el autobús, rato después que yo, no se habían soltado, ni habían pronunciado palabra alguna. Sólo se miraban y sonreían. ¡Hay que ver la cantidad de cosas que se pueden decir con una mirada y una mueca!
Por lo demás, el vehículo iba muerto. Cabezas bajas y ojos fijados en pequeñas pantallas de móvil, caras largas, cansancio, frío…Lunes. Puesto que aquello no tenía ningún tipo de emoción, me enfrasqué en una historia mental. Lo hacía muy a menudo cuando lo que tenía delante no me entusiasmaba, buscaba la persona más vulgar y corriente que tuviese al alcance y me inventaba una historia para explicar el porqué de su cara, su forma de vestir o sus expresiones.
Y la encontré. Una mujer de unos cuarenta años, cargada con bolsas de supermercado y vestida con una bata azul. Mi cabeza empezó a funcionar casi al instante de haberse percatado de su presencia. Puede que fuese una limpiadora aunque eso no tendría nada de emocionante, así que concluí que era enfermera, o aún mejor, la jefa de las enfermeras. A primera vista esto no tendría mucho sentido ya que el personal sanitario se cambia de ropa antes de salir, pero yo no buscaba lógica, así que no importaba.
A lo que iba. Una jefa de enfermeras de unos cuarenta años, casada a juzgar por su alianza en la mano derecha. Miraba mucho el reloj así que supuse que tenía algo de prisa por llegar a algún sitio o por recoger a alguien, probablemente a sus hijos. Serían dos y estaban seguramente en casa de la suegra de ella. Venía de comprar y su cara reflejaba el más puro cansancio. Ahora llegaría, bañaría y daría de cenar a los niños y se ducharía. Más tarde cenarían ella y su marido, un poco de charla sobre el día quizás, algo rutinario, nada profundo. Se acostaría y por supuesto no pasarían del beso de buenas noches.
Cómo me gustaba inventarme la vida de otras personas, quizás porque me sentía un poco Dios haciendo que la gente viviese de la manera que yo dictaba en mi cabeza. La mujer abandonó el vehículo y de inmediato me puse a buscar otra persona para seguir con mi juego.
Y de pronto…¿sabes esas chicas que por fuera parecen duras y fuertes pero en realidad son cenicientas? Pues así era ella.
Por fuera parecía una chica dura. Vestía de negro y llevaba los ojos pintados muy oscuros, pero le quedaba bien, tendría unos diecisiete años. La primera impresión que tuve de ella fue, lejos de lo que pueda parecer, muy tierna. Su cara reflejaba una personalidad dulce y su sonrisa tímidamente dibujada irradiaba calidez. Llevaba los auriculares puestos y de pronto sonrió. Seguramente sonaría su canción favorita, o se estaría acordando de algún momento vivido aquella tarde gris.
Se sentó de frente a mí y me miró. Yo me ruboricé un poco, me había visto mirarla, analizarla con curiosidad. Para mi sorpresa, me sonrió cuando lo más normal es que hubiese apartado la vista rápidamente.
Después de este cruce de miradas advertí que de pie enfrente de la chica había un muchacho un poco más mayor que ella. La miraba, no dejaba de observar cada movimiento que la recién llegada hacía. La chica lo advirtió y, cabizbaja, se sonreía. Lo cierto es que era guapa, nada del otro mundo  pero tenía algo que te impedía no mirarla por el rabillo del ojo.
Ella lo sabía, nos veía a aquél chico y a mí mirarla, pero no parecía importarle. Hubo un momento en el que sacó el móvil del bolsillo y lo miró. Acto seguido empezó a mover la cabeza al ritmo de la canción que escuchaba y con la mano iba dibujándose círculos en la pierna.
Fue entonces cuando el joven que tenía delante clavó la mirada en las piernas de ella. Me pareció tan poco delicado, tan fuera de lugar, que me dieron ganas de decirle algo. Por otra parte me hizo gracia. Ella le miraba y sonreía, el chico también la miraba, pero ahora ya no de forma continua. Apartaba la mirada cuando ella lo veía.
La muchacha siguió sentada durante lo que duró el resto de mi viaje. Cuando bajé, la chica me miró y me lanzó una sonrisa encantadora. Realmente era preciosa, un jeroglífico envuelto en un misterio encerrado en un enigma.
Siempre me ha gustado esa definición, y a ella le venía que ni pintada.
Cuando las puertas se hubieron cerrado no pude evitar la tentación de mirar dentro. Comprobé que el joven había ocupado el que antes había sido mi asiento y seguía mirándola.
De vuelta a casa pensé en aquella situación. Dos perfectos extraños, en un autobús una tarde gris de enero. Él la desea y ella se deja desear. Podría acabar muy bien para él, pero era una posibilidad tan remota que ni la barajé. No hacía falta ser un profesional de la observación para ver que por parte del joven saltaban chispas. Se la comía con los ojos, la miraba de arriba abajo y si le hubiesen dado el beneficio ya la habría besado allí mismo. Seguramente no estaría prendado del alma de aquella cenicienta, sólo de su sonrisa coqueta y de sus piernas largas. Muy probablemente nadie más se fijó en que aquella chica envuelta en un aura de misterio con una cazadora de cuero y mallas negras era en realidad una chica divertida, alegre y llena de color, como demostraban sus bambas verdes con cordones de florecitas. Tampoco advertirían la resignación y el cansancio que desprendían sus ojos negros…Pero en fin, no se les puede culpar. Muchos ni la miraron, la pasaron por alto como a una más, y quién la miró simplemente pudo reaccionar de una forma muy primaria: se humedecieron los labios. Un gesto tan inocente como ése da mucha información, parece discreto pero en realidad deja ver el grado de necesidad que tenían aquellos hombres.
Y aquél chico…aquél chico probablemente llegaría a su casa y tendría que desfogarse de alguna manera. Estaba demasiado alterado como para pensar en estudiar así que seguramente primero se ducharía y acabaría con su sobrecarga de adrenalina. Fantasearía un rato más con la muchacha del autobús y luego se pondría a cenar. Al día siguiente ya no se acordaría de ella, lo cual es una pena, puesto que aquel jeroglífico envuelto en un misterio encerrado en un enigma estaría sentada enfrente de su portátil recordando cómo aquél chico la miraba con cara de deseo y se reiría, antes de volver a pensar en lo que nublaba su mente.