jueves, 18 de noviembre de 2010

"Es incrible la cantidad de costumbres ridículas, estúpidas,
molestas, que ha adquirido el ser humano a lo largo de su evolución.
Cada mañana, veo a la gente correr cuando la puerta del autobús ya se ha
cerrado y agitar su mano (claro, el huracán que provoca este movimiento detendrá
seguro el vehículo), mirando el reloj cada tres segundos para comprobar nuevamente
que llegan tarde de nuevo a trabajar.
Especialmente molesto es el hábito de entrar corriendo en el vagón
del metro y pararse. ¡Ah! Yo estoy dentro, tu te jodes... -
Uy, perdona, ¿que no puedes entrar tú también porque me he parado en medio
de la puerta y empiezan a cerrarse? Lástima... Podría entrar un poco más, porque
hay espacio de sobra, pero eso implicaría sentido común.
Ahora bien, mi costumbre favorita es la comprobación del vacío en un envase con cara
de escepticismo. Porque si el bote es transparente, es obvio que no queda nada dentro...
pero, ¿y el bote del cacao en polvo?
-Cariño, perdona, me lo he acabado.
Hubiera tirado el bote, pero es que me moría por verte mirar al fondo.
¡Estás tan mono mientras compruebas otra vez lo evidente!
Claro que, lo más divertido es ver cómo se acaban los cereales o la
leche justo antes de llenar tu bol. ¿Nunca habéis agitado varias veces
el brik con cara de desesperación recién levantados? Equivale, más o menos, a descubrir
 que se ha acabado el papel higiénico cuando has terminado...
En definitiva, el desarrollo de manos, brazos, piernas y pies han posibilitado
que pueda reirme cada mañana observando cómo seguimos siendo primates
costumbristas más animales que estas pobres especies."

Premio "Concurs Literari 2010"

Llegué a las doce del mediodía. En el centro de aquél inmenso cielo, reinaba un Sol amarillo y redondo como un plato. Las vistas desde mi mesita de madera barnizada eran espectaculares.
El agua era cristalina. Los pequeños peces se acercaban a mí sin miedo. Cuando salí del agua, vislumbré una hamaca solitaria bajo un gran parasol, me tumbé.
Me desperté sobresaltado, me había quedado dormido en la playa y un pequeño cangrejo me miraba desde una roca no muy lejana. Eché a caminar hacia mi cabañita de madera a descansar, hasta el día siguiente a las seis de la mañana.
Poco antes de la hora prevista, mis ojos se abrieron, mi sueño había estado interrumpido por las ganas inmensas de realizar aquella excursión que tanto había deseado, la Gran Barrera de Coral era mi objetivo. Con una puntualidad casi británica, una muchacha alta, morena y con una bonita cabellera me saludó. Era una aborigen de la isla. Su acento era extraño, pero se entendía bastante bien.
-“Buenos días Xavi”.
El barco volvió a marearme. A la chica parecía hacerle gracia mi cara de sopa, porque se reía, con unos dientes como perlas. Era la sonrisa más bonita que jamás hayáis imaginado.
El viaje duró aproximadamente media horita. Nos equipamos y nos lanzamos al agua. Era precioso, lleno de vida y colores. Allí abajo me sentía completamente evadido de todo. Mi guía se movía como un pececito dentro del agua. De repente alguien me hizo una seña. Subíamos a comer y nos íbamos a la playa, donde los aborígenes nos habían preparado una bienvenida a la isla.
Aquella noche fue perfecta. Una hoguera en la playa, danzas y bailes originarios de la tribu, y ella, aquella preciosa mujer. La Luna iluminaba su cabello largo y ondulado aún mojado y sus ojos claros y juguetones, llenos de vida.
Fueron las mejores vacaciones de mi vida, incluso había conocido a una persona especial, que poco tiempo después se convertiría en mi mujer.


*Traducido al castellano
A veces me veo reflejado en un espejo cristalino,que me desentraña el alma y sentimientos que quiero conocer,pero están dificil comprender lo que se te muestra...el mundo que empiezas a ver no es como el mundo que puedes percibir,es un mundo que necesita interpretación,no me sorprende que haya ciegos en ese mundo,nada hay que ver,solo sentir,es cierto que con una vista a ese mundo te puedes perder pero una vez dentro debes guiarte con tu instinto,para saber hacerte con su resplandor....no te fijes en su luz exterior...haya la luz interior y haya tu paz.

©Eloy Barranco

miércoles, 17 de noviembre de 2010

No dudes, ten certeza.

En ocasiones estamos completamente seguros de alguna cosa, una corazonada nos alumbra. Merodeamos nuestra mente ensimismados con una única verdad. Nuestra verdad. Cada ser dispone de una propia, pero no tiene porque ser la verdad universal, la más sincera. ¿Pero qué hacer cuando tenemos una duda? Pues despejarla. Existen varios métodos para conseguirlo. Debemos poner varias cartas sobre la mesa, estar seguros de lo que vamos a hacer o decir sea correcto, tener certeza. Aún así, cometemos errores y falsos juicios que se transforman en pseudo-realidad, en suposiciones quiméricas. 

Historias para no dormir

Le di un vistazo a la noche, y me invitó a recordar aquellos momentos en los que la tristeza me llamaba con sus fúnebres ramos a velar mi felicidad.  No había luna, y aquello hacía del cielo un lugar oscuro y misterioso, tan grande, que solo con una rápida mirada podías perderte entre sus nubes. Amenazaba lluvia. Pensé que era muy curioso que el cielo se sintiese como yo.  Apagado y abandonado. Sin Luna, sin estrellas.
Cerré la ventana y me eché a dormir.  Esa sería la primera vez que me taparía en todo lo que había durado el verano. Necesitaba sentirme protegido, dejar de sentir esa sensación de desamparo que recorría mi cuerpo en forma de escalofrío.
Intenté dormir, aunque fue en vano, pues entre los aullidos del perro del vecino, y el ruido dentro de mi mente no podía concentrarme…
Una vez más, me levanté  a mirar aquel triste cielo, que parecía que reflejaba mis sentimientos un día más, con este triste pensamiento en mi cabeza.
Se preguntará el por qué de esta paranoica historia. Bien no es más que una mal de amores, un mal de amores el cual no cicatrizó bien. Hoy, dos días más tarde de esas largas noches, aquí me tiene sentado en mi acogedora habitación, redactando esta perturbadora historia.
No es, que escriba esto para que alguien en concreto lo lea, es más, no escribo ni siquiera para re leérmelo yo algún día. Escribo esto, quizás porque sea la única forma de que salga a fuera lo que ahora mismo me oprime el pecho. Ese sentimiento oscuro, esa falta de luz…
Créame enserio, si le digo que no tengo nada por lo que seguir adelante. Aún ni yo mismo sé porque estoy aquí sentado. Lo perdí todo, no me queda absolutamente nada por lo que luchar, sólo tengo este relato, cargado de recuerdos y mojado con el agua de mis lágrimas. Elegí engañarme, en vez de responder a los avisos de amigos y familia, y ahora estoy pagando por ello.
Nunca he sido tonto, ni mucho menos, pero me sentí verdaderamente estúpido cuando descubrí lo que tanto había temido, sinceramente, el miedo, el temor que tengo de expresar la verdad, todo lo que agoniza dentro de mí...
¿Cómo vivir sin esperanza? ¿Cómo vivir con el miedo de que todos los días sean iguales? ¿Cómo poder seguir adelante sin pensar que todo ha sido en vano?.
Creer que todo mejorará,  que  algún día todo será más fácil, simplemente es una idea optimista una fijación por no caer del todo en esta agonizante y desesperadora soledad, donde el miedo y la noche se apoderan de uno mismo y no dejan ver más allá del papel.
Creo que le podríamos llamar relatos para no dormir, realmente esta inquietud no me deja vivir, como saber qué está bien y qué está mal, como saber cuándo y cómo elegir... Mas no me gustaría aburrirle por eso aquí comienzo mi explicación a estos sentimientos.
Y la historia comenzó así, cómo quién no quiere la cosa, el momento más feliz de mi vida se tejía ante mis ojos y yo no era capaz de verlo. Ignoraba cómo aquella mirada daría a mi vida un cambio total.
De vuelta a casa, aquella mañana estuve pensando en lo bonito que era ver a dos personas que se querían, y me pregunté cuando me llegaría a mí ese pequeño placer. Lo que yo no sabía, era que la semilla del cambio brotaba en mi interior, y que no muy lejos de ese día, el momento más extraordinariamente bonito de mi vida llegaría, anidaría en mí el amor y me haría preso de una mirada.
Cuando el momento hubo llegado,  mi alma y mi corazón no estaban preparados para tal estruendo. Me llevó cierto tiempo acostumbrarme a que hubiera alguien realmente interesado en mi felicidad.
Pero, cuando me hube acostumbrado, algo inesperado pasó. Lo que un día, y durante seis meses, fue mi mayor motivo de felicidad, se fue. Se fue para ya no regresar nunca jamás.
Fue en una mañana fría y triste del invierno más crudo que se recuerde. Era un poco como una de esas películas de domingo por la tarde en algún canal de televisión. Me desperté y no la encontré a mi lado. Fui a la cocina, y no estaba. Miré por la ventana y no había rastro de ella. Entonces, uno de mis mayores miedos se apoderó de mi mente. Miré en el armario, y su ropa no estaba.
Ahora lo pienso, y me creo imposible de volverme a enamorar. Pues el amor es el sentimiento más bonito del mundo. Pero también es el más efímero, pues tal y como viene se va. Y estoy seguro de que como dijo Bécquer, las golondrinas volverán, y traerán con ellas la maravillosa primavera y juventud del amor, pero nunca, nunca jamás serán las mismas golondrinas que divertidas, aquella primavera nos vieron enamorarnos y amarnos como si el fin del mundo fuera a llegar en cualquier momento.
Aún puedo recordar perfectamente la primera vez que la vi, todos aquellos sentimientos que en ese momento se apoderaron de mi corazón.
Pensé que no era real que eran imaginaciones ¿cómo alguien así se fijo en mi? Pero  ahí estaba ella esa mirada tan cálida, tan dulce, tan acogedora... En ese momento yo no sabía que decir era el típico chico cautivado por la mirada de una pequeña princesa       .
Pero algo tenía que hacer, mas no iba a quedarme mirado esos ojos embriagadores,  así que decidí di hablarle. No conseguía articular frases enteras. Pero un tímido ¿Cómo te llamas? salió de mi boca. Ella, alegre, joven y fresca me respondió con una pícara sonrisilla de niña. Ese nombre, ese nombre es el que ahora me lleva de cabeza al olvido. Después de eso, nada más. Tenía que irse, y se fue.
No tardé mucho en volver a verla, pues mis ganas eran cada vez mayores, y algo en ella, me decía que las suyas también aumentaban. Yo no decía ni hacía nada extraño. No daba un solo paso más, la inseguridad se había apoderado de mí y prefería esperar a una clara ocasión, en vez de echar todo a perder por un solo impulso.
Poco a poco, nos fuimos acercando. Nada había más emocionante que ver crecer a esa niña a mi lado. Niña, porque apenas alcanzaba los dieciséis, pero con una gran fuerza en su interior. Me encantaba su manera de ser. Poder chincharla y saber que debajo de su cabreo se escondía una sonrisilla picarona, y que en pocos minutos volvería a besarme.
En aquellas circunstancias, yo solo sabia ponerme nervioso, sin saber un por qué aquella mirada no me dejaba pensar en otra cosa que fuese ella. En aquel lugar, con aquella persona que apenas conocía, era estar en paradero desconocido, mas aquella sensación nunca llegó a incomodarme, todo lo contrario yo estaba muy bien allí.
Día tras día solo podía pensar en lo ocurrido, en todo aquello que sucedió en tan poco tiempo, en aquella pequeña historia la cual ella y yo íbamos creando.
Todo era perfecto pero algo dentro de mí sentía que no sería eterno y poco a poco sin ni saber porqué ese miedo me comía.
¿Pero miedo a qué? Yo creo que la quise, y no sé si supe demostrárselo. Sus ojos grandes me observaban. Intenté enseñarle que la vida no es como la queremos ver, y siempre hablábamos largo y tendido. Lo nuestro era una bonita historia. Teníamos tanto en común que eso me producía pavor.  Me gustaba aquella sensación, la sensación de tener alguien que me cuidaba y me quería, que hubiera hecho lo impensable por mí, que me hacía reír, que me hacía sentir bien, que me amaba. Hasta entonces había dado mucho sin  recibir apenas nada, pero desde aquél momento, había empezado a recibir algo a cambio. Todo el cariño y el amor que una muchacha es capaz de dar, todo aquello era mío. Y quizás aquella era la sensación que me asustaba.
Intenté no pensar en ello, porque iba a darle vueltas una cosa que estropeaba todo lo bonito que tenia la vida, todo lo que me unía a ella, pero luchar contra algo que no sabes de donde viene es muy difícil,  y sin quererlo ni beberlo me encontré en medio de todo el percal, todo provocado por mí, absurdo pero real…
Y supongo que así sucedió todo. No me atrevía a decirle lo que me pasaba. Le daba largas para quedar, y por fin un día me digné a decírselo.
Intenté suavizarlo lo máximo posible, pero la finalidad era la misma. Supongo que ya no la quería, no como antes. Si bien algún día la quise, ya no.
No puedo evitar pensar en que ahora puedo ser más feliz que cuando sabía que no la quería y la tenía, pero los fantasmas del pasado vuelven a mí y prefiero no pensar en cómo se sentirá ella ahora mismo, o en cómo se sintió aquella noche…

domingo, 14 de noviembre de 2010

El amor en la distancia

Nuestra historia transcurre en la Barcelona de 1950. Era un día de colegio, en un pequeño barrio llamado Llefiá.
Laura salía del colegio cuando de pronto se le cruzó Toni. Las mejillas de Laura adoptaron un color rojo fuego y en su cara se dibujó una sonrisa tonta y picarona.
-¿Está tu primo en casa?-Pregunto el chiquillo.
-No, no está.-Esas fueron las únicas palabras que el cerebro de la muchacha logró coordinar a duras penas.
Cuando hubo cruzado la carretera, se paró a pensar y no lograba entender porqué su cara se encendía y su corazón iba a mil por hora cada vez que se cruzaba con el hijo del militar del barrio.
-Eso es amor.-Le dijo su amiga Clara cuando se lo contó.
Lo cierto era, que sí que había algo en Toni que atraía la atención de Laura, pero tanto como amor...Eso eran palabras mayores.
Esa tarde, Clara se quedó a dormir en casa de Laura y hablaron de muchas cosas como por ejemplo del problema que suponía vivir en pleno franquismo. Esa noche, Laura no durmió mucho, ya que se pasó toda la noche intentando averiguar que le pasaba cuando veía a Toni. Hasta que lo averiguó, y vaya si lo averiguó, llevó a cabo el mayor  hallazgo logrado nunca, y lo hizo ella solita: Efectivamente, Toni le gustaba.


Al día siguiente, se puso lo más guapa que pudo y salió a la calle a comprar pan. Poco antes de llegar a la panadería, Laura divisó a un chico llorando en un banco apartado. Se acercó, y al ver que se trataba de Toni se escondió detrás de un matorral. Sacó su espejito grabado i se miró. Perfecta. Salió de su escondijo y se acercó al muchacho.
-Hola Toni.-Logró decir.- ¿Qué te pasa?
-Oh, nada, no quiero preocuparte. -Contestó el chico cabizbajo.
-Mira Toni, quizás no nos conozcamos o suficiente, pero me voy a tomar la libertad de decirte, que puedes contarme todo lo que te suceda, todo lo que te ronde la cabeza, todo..
-Está bien.-La cortó Toni.-Es culpa del trabajo de mi padre. ¿Sabes que es militar?
-Sí, lo sé.-Contestó la muchacha.- ¿Pero qué tiene que ver?
-Me tengo que mudar.
Esas palabras retumbaron en la cabeza de la muchacha. Notó cómo su corazón se hacía pedazos y su cuerpo flojeaba. No podía articular ni una sola palabra. ¿Cómo que se mudaba?, ¿cómo era capaz de dejarla de aquella manera?
Cuando se quiso dar cuenta, sus brazos ya estaban entrelazados, Laura notó su hombro húmedo, él estaba llorando y ella no sabía qué hacer, sabía que abrazar a un niño en la calle no estaba bien visto, si su padre se enteraba...No quería ni pensarlo.
Semanas más tarde, aquello ya era agua pasada. La relación entre Laura y Toni volvía a la normalidad, es decir, nula. Pero en Clara algo había cambiado. Estaba más rara que nunca, no hablaba con Laura más de lo estrictamente necesario y no sonreía.


-¿Ocurre algo, Clara?-Le pregunto Laura en cuanto tuvo ocasión de acercarse a ella.
-Nada, es solo que...-Rompió a llorar.-Los gritos, el miedo, los llantos, todo ha vuelto Laura, otra vez...
-¡Por Dios!, pero ¿cómo no se te ocurrió decirme nada?, te habría dejado dormir en mi casa y hubiéramos ido a la policía.
Laura sabía de lo que iba el asunto, y sabía que si su amiga pasaba un minuto más en aquella casa, se volvería loca. El padre de Clara era alcohólico y hacía poco había vuelto a casa después de una temporada en prisión. Cada vez que volvía, la madre de Clara aparecía por la plaza con un ojo hinchado y llena de moratones. Nunca había dicho nada, pero todo el mundo  lo sabía. Solo hacía falta mirarla.
-No sé, te veía feliz, contenta, flotabas en una nube y yo no quería molestar.-Dijo la muchacha entre sollozos.
-Vamos, vente a mi casa, cuando lleguemos mi medre nos hará un chocolate caliente.
Aquella tarde, Alicia, la madre de Laura, habló con el inspector de policía y volvieron a detener al maltratador. Era una mujer valiente, sabía lo que se jugaba yendo a la policía, pero no podía tolerar más aquella situación. La madre de Clara fue enviada al dispensario y más tarde a un centro de lo que ahora llamaríamos atención a mujeres maltratadas, que no era otra  cosa que una casa donde convivían algunas mujeres afectadas. Automáticamente, la custodia de la joven Clara fue entregada a los padres de Laura, quienes la acogieron con los brazos abiertos.



Cuando parecía que todo por fin había vuelto a la normalidad, unos ruidos estridentes llamaron la atención del barrio. La gente asomó curiosa, la cabeza por la ventana, y los más osados salieron a la calle. Una docena de coches militares se apoderaron de la calle principal, y los policías se aseguraban de que nadie se alborotara. Laura, junto con Clara, estaba asomada a la pequeña ventana de su habitación, cuando descubrió horrorizada lo que pasaba.  Aquel 23 de Abril de 1950, el corazón de una joven muchacha del barrio de Llefiá, en Barcelona, se rompió en mil trozos. Sin poder evitarlo, salió a la calle en dirección al ayuntamiento. Perseguida por agentes de policía, seguidos de la madre de la muchacha,  Laura entró al pequeño portal que albergaba la casa de Toni. Subió las escaleras de caracol de dos en dos, abrió la puerta, y allí encontró lo que nunca hubiera deseado: Nada.
No había nada, ni ropa, ni comida ni mucho menos gente. Se habían ido, se había ido sin despedirse. Entró a una alcoba y allí, encima de una cama, encontró una muñeca de trapo y una carta.
Desesperada por encontrar algo que la condujera a lo que había sucedido en aquella casa, agarró la carta y se sentó a los pies de la cama. Cuando hubo terminado de leer la misiva, rompió a llorar. En ese preciso instante, entraron Alicia y Clara a la habitación y rápidamente abrazaron a la muchacha. Laura seguía llorando, respiraba con dificultad y temblaba. Con un hilo de voz, pidió que la dejaran a solas, y cuando se encontró sola, se arrodilló en el suelo y gritó:
-¿Porqué yo?, ¿Por qué has tenido que alejarlo de mí?, ¿Acaso no tengo derecho a saberlo?, ¿Acaso alguna mujer enamorada debe ser castigada así?, No, no lo merezco, solo quería una despedida, solo quería un adiós, una palabra, yo solo quería eso...-Y rompió de nuevo a llorar. Esta vez con más fuerza, esta vez lloraba de rabia.

Y abrazada a la carta y a la linda muñeca de trapo, se quedó dormida. Soñó que todo había sido una pesadilla, y que continuaba feliz como antes, sabiendo que aluna vez ella tendría la oportunidad de explicarle a Toni lo que sentía. Pero, cuando despertó, volvió a recordarlo todo. Leyó una vez más la carta e inevitablemente continuaba diciendo lo mismo:
“Querida Laura:
Si lees esta nota querrá decir que he partido. Me gustaría haberte dicho muchas cosas, empezando por un simple adiós, pero me ha sido imposible. Mi padre ha sido destinado al extranjero y no volveremos aquí en mucho tiempo. Posiblemente, cuando volvamos  tú ya habrás encontrado al muchacho que te haga sentir especial y por el que te pongas guapa cada mañana, pero yo te prometo que no te olvidaré. Aquella tarde en el parque despertaste en mí algo, algo que nunca había sentido por nadie. Y entonces comprendí que te quería, y quería compartir todo contigo.
No te preocupes por mí, estaré bien y recuerda que en mí tienes alguien en quien confiar.
Te prometo que te escribiré a menudo. Cuídate.
Un beso. Toni.”
Aunque el hecho de perder a su amor verdadero, la entristecía, comprendió que no podía hacer nada por recuperarlo, así que siguió su vida como hasta entonces. Bien es verdad, que cada poco tiempo llegaban a su casa cartas procedentes de fuera, cartas de Toni. Cada vez que leía una, se sentía un poco más tranquila. Sabía que todo continuaba bien.
Un día, Laura estaba tendiendo la ropa en el balconcito de su casa, cuando de repente, alguien picó a la puerta de su casa. La muchacha bajó corriendo las escaleras y abrió. Había vuelto, Toni, su Toni, había vuelto.