Nunca creyeron a ciencia cierta nada de lo que escuchaban,
ponían en duda incluso aquello que sus propios ojos veían. Eran perfectamente
escépticos, competitivos incluso, y maravillosamente anónimos. Nunca se habían
visto, ni olido, mucho menos tocado. Así que pasaban por la vida ajenos a las
cosas más elementales, buscando aquellas que requerían un proceso mental,
concentración, búsqueda. Y buscaron, buscaron las respuestas a todas sus dudas,
buscaron hasta que sus ojos se encontraron. En ese momento no necesitaron
buscar nunca nada más, pues todos los misterios del Universo quedaron al
margen, por una vez había algo indudable para ellos. Eran suyos de una forma
arrebatadoramente irrefutable, se querían, se quisieron siempre. Y ninguna
premisa sería suficientemente fuerte como para falsar aquél amor y hacer que
dejaran de quererse.
Un amor filosófico, que no platónico. Vidas resueltas, dudas
saciadas.