lunes, 7 de octubre de 2013

Vidas resueltas, dudas saciadas.

Nunca creyeron a ciencia cierta nada de lo que escuchaban, ponían en duda incluso aquello que sus propios ojos veían. Eran perfectamente escépticos, competitivos incluso, y maravillosamente anónimos. Nunca se habían visto, ni olido, mucho menos tocado. Así que pasaban por la vida ajenos a las cosas más elementales, buscando aquellas que requerían un proceso mental, concentración, búsqueda. Y buscaron, buscaron las respuestas a todas sus dudas, buscaron hasta que sus ojos se encontraron. En ese momento no necesitaron buscar nunca nada más, pues todos los misterios del Universo quedaron al margen, por una vez había algo indudable para ellos. Eran suyos de una forma arrebatadoramente irrefutable, se querían, se quisieron siempre. Y ninguna premisa sería suficientemente fuerte como para falsar aquél amor y hacer que dejaran de quererse.
Un amor filosófico, que no platónico. Vidas resueltas, dudas saciadas.

sábado, 27 de abril de 2013

El azar del destino. Premio Literario 2013. Traducción.


La luna llena acariciaba la piel canela de aquella triste figura alta, de largo pelo rizado, de un color negro tan intenso que se confundía con la noche.
Permanecía sentada en aquel pequeño banco de piedra delante del aparcamiento del enorme casino que se levantaba monumental, desde no hacía mucho, a las afueras de la ciudad. Rodeado de jardines, aquel lugar parecía un bonito castillo de cuento. Dibujaba una triste sonrisa mientras se secaba una lágrima antes de que ésta hubiese tenido tiempo de escapar del mar que eran aquellos ojos azules, pensando que tal vez ella podría ser la princesa de aquel bonito paraje.
Noche tras noche fue haciendo suyo aquel pequeño mundo i eso la entristecía, el corazón se le encogía al pensar que ella sola había enturbiado una vida admirable hasta el punto de haberla convertido en objeto de vergüenza. Ella y sólo ella tenía la culpa y a la vez, las herramientas para reparar aquel caos y reducir el ritmo frenético que su vida había adoptado. Aunque era consciente de ello, incluso sabiendo que nadie más que ella podía sacarla del pozo en el que estaba sumida, le faltaban las ganas y los motivos que la ayudaran a escapar de ella misma. Ya hacía años que no conocía otra forma de vida. Recordaba cómo había llegado hasta allí y pensaba que todo el mundo la dejó sola cuando aún era una adolescente, delante de la puesta de un mundo oscuro que,  comparado con los gritos y las noches bañadas en lágrimas que reinaba en su casa, parecía incluso agradable. Maldecía a su padre, que fue una cruz más que un padre, maldecía a su madre por no haberse enfrentado a él, por haber sido cobarde, y maldecía incluso a su abuela, la única persona que la había cuidado, que la había protegido desde pequeña y que murió demasiado pronto, dejándola sola delante de todos aquellos monstruos que la atormentaban.
Bien...ahora ya no importaba, al fin y al cabo el mundo ya no era suyo. Si bien alguna vez lo fue, ya no le pertenecía. Ahora solo poseía una pluma y una libreta de piel donde se desahogaba mientras fumaba un cigarrillo detrás de otro y veía consumirse una vela. Ni siquiera se quería a ella misma. Maltrataba tanto su ala como su cuerpo. Al principio con la nicotina, luego no fue suficientemente fuerte  como para sobrevivir sin la ayuda del alcohol y finalmente las drogas se convirtieron en su único consuelo. Fue este el vicio que la obligó a ganarse un sobresueldo.  Cuando la noche llenaba de oscuridad las ciudades, ella se paseaba por los casinos con un vestido de seda y transparencias. Su imagen se intuía detrás del humo de un cigarrillo largo marcado por el rojo de sus labios.
Mientras se arreglaba para salir, se dedicaba a soñar, a imaginar que aquella noche encontraría a su Richard Gere y que se convertiría en la pretty woman de Barcelona. Se subía las medias con delicada dulzura, se colocaba el liguero y lloraba un momento, siempre por dentro, no fuese a estropeársele el maquillaje. Y al día siguiente, como si no pasara nada, el mundo giraba de nuevo, sin pararse a pensar si a ella le gustaba la forma en la que lo hacía.
La risa de una mujer embutida en un vestido rojo dos tallas más pequeño, la hizo volver en sí. Dio un vistazo a su reloj y se puso de pie estirando su vestido.
Repasó un minuto aquél jardín lleno de farolillos que iluminaban parejas felices y grupos pequeños de gente selecta que reía divertida. Incluso las figuras de cerámica parecían llenas de alegría.
Se dispuso a entrar por aquella puerta de madera, dibujando una sonrisa en los labios y sintiendo un escozor en el corazón que le apretaba como si se tratase de uno de aquellos corsés que se llevaban años atrás.

miércoles, 24 de abril de 2013

La Despedida. Premio Certamen Literario 2013.


Ya no recuerda la última vez que dibujó una sonrisa, que miró con cariño a la vida, que se dejó llevar por el vaivén del mar. Fue hace mucho que perdió las ganas de arreglarse y de calzarse unos tacones, de pisar una discoteca y de comerse el mundo a grandes mordiscos.
No sabía muy bien lo que la empujó a dejar que la vida se le escurriera como se escurre el agua entre las manos de un chiquillo, pero fuera lo que fuese la apagó para siempre. Lloraba con aquel sentimiento de rabia contenida que no te deja soltar las lágrimas libremente, sino que te las arranca una a una con todo el dolor de tu corazón, más por la humillación de estar llorando que por la pena que te consume.
Nunca pensó que aquello que muchos consideraban una necedad fuera a desembocar en algo tan terrible. Lo pensó varias veces seriamente, se intentaba convencer de que no había motivo para hundirse de aquella manera, pero no lo lograba. Los días no tenían ya luz, el Sol calentaba su piel pero dentro, muy dentro, un corazón helado irradiaba un frío gélido que la paralizaba. Era duro mirar a su alrededor y no ver a nadie dispuesto a escucharla, pero lo que más la comía era que ni siquiera su pluma la dejaba desahogarse enfrente de un papel. La sensación de no poder acabar con la pena que la inundaba, de no ser capaz siquiera de escribir una línea cuando antes cualquier excusa le servía para crear, la ahogaba de tal manera que nada ni nadie podía calmarla.
Buscó entonces otras formas para mitigar el dolor que le roía las entrañas, aquella sensación desconocida hasta entonces y que ahora convivía en su cuerpo, tan dentro de ella que sólo se apreciaba mirándola a los ojos, más allá de sus pupilas. El alcohol nunca había formado parte de su dieta, pero aquellos días se convirtió en el mejor aliado para poder ahogar su pena. Junto a él, la marihuana envolvía en una falsa paz a aquella pobre infeliz.
Cada vez más inconsciente de sus actos, la que un día fue reina se convirtió en una mera espectadora de su propia vida y habiendo soltado ya las riendas de ésta, dejaba que simplemente pasara delante de sus ojos, tristes y apagados, sin ganas de hacer nada por evitarlo. Aburrida de esta situación, un día decidió que no aguantaba más. Su vida estaba vacía y ella lo sabía bien, así que ante la imposibilidad de volver a llenarla, decidió que no quería estar más tiempo esperando a que se consumiera como un cigarrillo.
Sentada en la bañera con el agua regándola desde arriba, su melena negra se le pegaba a la cara y el cuerpo. No sentía frío, ni tampoco calor. Era placentero llorar ahí metida, en un espacio pequeño con el agua resbalando por su piel porque así no se tenía que parar a contar las lágrimas que derramaba sobre la cama o su sudadera, sino que estas se largaban por el desagüe...En un gesto egoísta y repentino puso el tapón. Quería retenerlas allí con ella, eran suyas, su carga, todo lo que sentía en forma de pequeñas gotas. Sentía que con ellas allí todo tenía más sentido, buscaba la manera de justificarse. Lo dispuso todo de una forma casi armónica. De fondo sonaba aquella melodía dulce de piano y el olor a incienso se mezclaba con el vapor del agua caliente. Miró un ratito el techo y quedó absorta por el reflejo que el agua hacía con la luz en él.  El efecto de desinhibición que la marihuana causaba en ella la ayudaba a no pensar demasiado en lo que estaba a punto de hacer.
Al acabar esa triste canción, la voz rasgada de Kurt Cobain la empujó a coger la cuchilla, pequeña e inofensiva y a acercarla a su cuerpo. Uno a uno, pequeños cortes dejaban salir hilitos finos de vida, como un paso de cebra sobre la piel. La droga se apoderaba de sus sentidos, el rímel se mezclaba en la bañera con el agua, las lágrimas y la sangre.  El mareo causado por la droga y la pérdida de fuerza contribuían a que sus cortes fuesen cada vez menos limpios.
Llegó un punto en el que se sentía cansada y decidió parar. El incienso se consumía junto con su vida, lo notaba. Era irónico, siempre pensó que morir así causaba un gran dolor y por la contra ella no sentía nada. Era una forma cobarde de acabar con su vida, sí, pero ahora ya no le importaba que la juzgaran. Sumergió la cabeza en el agua teñida de rojo por su propia sangre y durmió. La encontraron al poco tiempo, justo después de que los vecinos de abajo advirtieran una mancha de humedad en el techo de su casa y subieran a husmear. Estaba como dormida, con los brazos destrozados y una canción en su móvil que no dejaba de sonar. “Let it be” de The Beatles la había ayudado siempre a mirar hacia adelante y en cierta forma no la abandonó ni a la hora de irse.
Cerca del cuerpo, encima del mueble del baño, encontraron una nota, escrita de su puño y letra, dónde se leía: “Teje con las falsas promesas que te hagan, una manta para el invierno y cúbrete con ella cuando caigan las primeras nieves, recoge en botes de cristal las lágrimas que derramaste porque ellas serán tu fuerza. Guarda todos los malos recuerdos en un baúl y conviértelos en tus vientos. Libéralos, Pandora, pues ellos te harán libre y evitarán, quizás, que tropieces mil veces con la misma piedra”.

domingo, 14 de abril de 2013

República.


Sentada en un banco alzo la vista y me sorprende lo que contemplo. Todo un seguido de balcones dan cabida, orgullosos, a grandes banderas con los colores de la República, que ondean orgullosas y altas, levantándose como palomas al cielo, como pretendiendo alcanzar las manos de todos aquellos que murieron por ella y que ahora reposan entre las nubes del recuerdo.

Sin haber vivido siquiera aquel periplo en que este país se regía por una República, puedo afirmar y afirmo que fue una elección popular, la gente de las ciudades y pueblos acudió a las urnas para dar un SÍ unísono a lo que sería un periodo de bonanza que solo duraría cinco años.

Al umbral de la guerra ninguno se asustó, los valientes sacaron pecho y defendieron sus ideas, su bandera, su elección. Murieron inocentes, perdimos a miles de valientes a manos de otros tantos que robaron la paz de un pueblo tranquilo. Tres años de guerra que hoy en día recordamos con horror y durante los cuales la aclamada República perdió fuerza hasta convertirse tan solo en un sueño.

Un sueño que hoy se mantiene, que vive en los corazones de muchos de nosotros, de generaciones nuevas, gente que no se conforma con la Monarquía que un general dictó a su muerte. Porque no la elegimos, nos la impusieron. En ningún momento nadie nos pidió nuestra opinión y con todo y con eso se dice que vivimos en Democracia. ¡Bendita palabra mancillada la que nos define!

Por suerte o por desgracia cada vez más esa monarquía pierde fuerza, la gente deja de creer en ella y ahora es más objeto de vergüenza que de orgullo. Por eso, en este 14 de Julio de 2013 muchos salen a la calle a alzar la voz en pos de lo que desean, un estado Republicano como el de antaño.
En recuerdo de los valientes que dieron su vida por una idea, por vosotros queridos Republicanos.
Viva la República. 

sábado, 6 de abril de 2013

Descarga emocional.


A merced de la poca luz que entra por la ventana, recorro las páginas de aquél pequeño álbum de fotos, como si buscase algo, como si al final, perdido entre las imágenes, fuese a encontrar la razón de mi tristeza.
Nos veo ahí, felices, riendo y haciendo el idiota, poniendo caras y morritos. Abrazados, saltando y siendo niños otra vez. Apartar la mirada y ver que en las paredes de mi cuarto ya no cuelgan nuestros cuadros, los dibujos, las entradas de cine y los recuerdos que nos trajimos de los viajes. Una lágrima resbala por mi mejilla y no puedo frenarla. Cae justo encima de una de mis fotos preferidas, aquella que tenemos en la playa, después de un largo día, firmada por todos. Y entonces comprendo que tengo que dejarlo todo atrás, guardar bajo llave todos aquellos recuerdos y deshacerme de las fotos. Así que cojo un barreño lleno de agua y vuelco en él todas las fotos. El papel se deshace igual que mi corazón, y rompo a llorar. Rompo a llorar porque fuisteis lo mejor que tuve y aún no me explico cómo pudimos perdernos. Éramos una familia, el consejo de sabios, los pilares de una larga y sincera amistad.
El error tal vez fue mío por volcarme en uno de vosotros cuando creí que me necesitaba, porque el resto le disteis la espalda inexplicablemente. Y ahora me arrepiento porque con el tiempo he comprendido que su amistad nunca fue sincera, que no estaba tan unida como los estábamos el resto. Cada día que pasa me pregunto dónde estaréis, y me odio. Me odio porque sé que ninguno se acordará tanto como lo hago yo.
Y duele, os aseguro que perderos duele.

*Con este texto no he pretendido crear un gran relato, sólo necesitaba descargar y ésta es la única manera que conozco de hacerlo. Si algún día lo leéis, acordaros de lo que fuimos.

viernes, 29 de marzo de 2013

A mi pequeño diamante. Al menos al que fue.

Solo espero que nunca tengas que mirar atrás y echarme de menos. Que todo te vaya bien y que no necesites de mí como yo necesito de ti hoy. Porque aunque me haga la fuerte y esconda mis ojeras detrás de un buen rímel y un buen maquillaje el dolor seguirá inundándome. Y saldré, me alzaré sobre mis tacones y me reiré, porque me hice mayor, pero no estabas ahí para verlo. Lo di todo, todo por ti. No me queda ningún tipo de remordimiento, porque fui la mejor amiga, la más grande confesora, la que te apoyó hasta las últimas. Esa que perdió lo que tenía por una causa que creía justa. Y ahora qué? Ahora solo me queda mi conciencia, limpia porque no tiene nada de lo que arrepentirse.
Y seguramente me entrarán ganas de llorar, se mezclarán con la rabia que sentiré al ver que me acuerdo más de ellos que ellos de mí, pero ¿sabes qué? mañana estaré mejor, habrá pasado lo más difícil. Habré conseguido pasar uno de los días más importantes de mi vida sin escuchar una sola de vuestras voces. 
Ojalá cuando te llegue la hora tú no me eches tanto de menos como yo te he echado a ti, ojalá tú tengas a todos los que quieres tener. Ojalá.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Tú.

Echar la vista a un lado y a otro para acabar dándote cuenta de que lo único que te impedirá caer es mirar al frente y dejar que la marea alta borre las huellas dejadas en la arena para ya nunca ser capaz de volver atrás. Los errores son algo verdaderamente inevitable, pero la opción de remediarlos y no repetirlos reside íntegramente en nuestras cabezas.
Al sonido de la campana todo habrá acabado y no servirán los amigos perdidos ni las trampas que te pusieron, solo contarán los días que sonreíste, las personas con las que compartiste un amor recíproco y las lágrimas que nunca derramaste. De nada sirve ahogarte en un pozo teniendo la posibilidad de respirar tranquilo en una pradera. A nadie más que a ti le preocupa que te hundas. Nadie más que tú comprende tu dolor y te ayuda a superarlo. Tú, tus manos, tu fuerza. Tu propio paladín, el único caballero que te salve. Tú. Solo tú.