domingo, 22 de abril de 2012

Antes y ahora.


Amaneció un día más sin ganas de nada. Miraba a su alrededor y no veía más que motivos para querer desaparecer. A su derecha, un montón de libros y otros tantos apuntes a la espera de ser revisados y estudiados. Un calendario le recordaba incesantemente que en pocos días caería sobre ella todo un seguido de exámenes sin pausa para el descanso y el relax que tanto necesitaba. Se levantó y verificó sus sospechas. Ni un mensaje de texto, una sóla llamada, nada que la acercase un poco al resto de la humanidad. Hacía tanto que se sentía sola y desamparada…le daba la extraña sensación  de que se hubiera puesto a charlar con el primer desconocido que pasase por la puerta de su casa.

Se miraba en el espejo y veía a una chica sin arreglar, despeinada y con el rímel corrido de tanto llorar. Ni rastro de la muchacha sensual y bonita que un día hubo, con aquellas curvas de escándalo, los labios perfectamente pintados de rojo pasión y vestida con un bonito a la par que corto, vestido negro y entallado. Le daba la sensación de que nada de eso volvería. Ahora se veía fea, con unos cuantos quilos de más y desganada. Creía entonces que no sería jamás deseada por un hombre como lo fue antes, cuando su vida y juventud transcurrían entre fiestas selectas y romances aún más cortos que sus vestidos.

Quedaba todo tan lejano ya… el tiempo no perdona y para ella aquella época de risas y noches veladas por el humo de un cigarrillo ya había acabado. No quedaba nada de la mujer que aparecía en un escenario y encandilaba tanto a hombres como a mujeres. No había ya ni un solo ramo de flores, con todos los que a su puerta habían llegado. Mensajes anónimos llenos de deseo y admiración. Nada, ya nada…

El boxeador


Alumbrado por la mezquina luz de una bombilla de pocos vatios, el viejo Jack, se disponía a repartir las ganancias de aquella provechosa noche. Paul, a su derecha observaba cada rincón de aquel antro pequeño y maloliente. No medía más de cuarenta metros cuadrados. De las agrietadas paredes que habían adoptado un color negruzco a causa de los años y la falta de pintura, colgaban viejos recortes de periódicos y fotos en blanco y negro. Una estantería polvorienta, una silla y una vieja mesa que cojeaba era todo lo que había en aquel cuartucho. De pronto Jack vociferó algo. Con el sobresalto, Paul perdió el equilibrio y resbaló, dejando caer de sus manos una pequeña figurita comprada en algún lugar de Florida.

-¡Bien muchacho!, doscientos de los grandes en un solo combate. ¡Si sigues así me retirarás antes de lo previsto!

Paul no dijo nada al respecto. Cierto era que se había convertido el orgullo del barrio, pues era el más codiciado púgil que se hubiera visto en muchos años. Pero Paul, no era feliz. Su sueño no era llegar a lo más alto del boxeo profesional. Recordaba bien cuando todo empezó. Él era un muchacho de las afueras de Manhattan que vivía en un barrio pobre, entre escombros y ratas. No estudiaba, porque su madre no podía permitirse pagarle una educación y su sueño era pintar. Dibujaba muy bien, siempre había tenido talento para ello. A los seis años perdió a su padre y desde entonces se relacionaba poco con la gente, todo lo que hacía era encerrarse en su cuarto a pintar en su viejo cuaderno. De pronto un día aparecieron unos muchachos que buscaban pelea. Después de casi una hora entre puñetazos y patadas, un hombre muy bien vestido y que olía a colonia se acercó a él. Le dijo que le había visto pelear, y que si se dejaba aconsejar, llegaría a ser uno de los grandes. Le prometió el oro y el moro, y él, un pobre chico de quince años, creyó escuchar múisica celestial. Con ese dinero sacaría a su madre de aquel barrio y podría comprarle una bonita casa en el centro de Nueva York.

Pero no era así. Cierto era que había ganado mucho dinero, y que su madre vivía de maravilla, pero ¡a qué precio!, había renunciado al sueño de ser dibujante, a cambio de unos pocos dólares seguros. Ya lo había intentado dejar antes, pero Jack, su viejo amigo, le “aconsejaba” que no se fuera, que no tirara su carrera por la borda, que esperara un poco más. Paul tenía la sensación de haber sido secuestrado por su empleo y por su manager, al que tenía tanto que agradecer. Si algo era cierto, era que Jack se había comportado como un padre para Paul; Le educó, le pagó una escuela y le enseñó la cara bonita de vivir a lo grande, mas, ahora que él mismo vivía esa vida, había descubierto la cara mala.

Inmiscuido en esos pensamientos, notó una palmadita afectuosa en la espalda. Se dio la vuelta y contempló el rostro arrugado y viejo de su amigo. De golpe, parecía que hubieran pasado los años muy deprisa. Nunca se había dado cuenta de la cantidad de arrugas y canas que poblaban la cara y la cabeza de Jack. Fue en ese preciso instante, cuando se dio cuenta de que el hombre que le había prometido lo mejor, poniéndose a sí mismo como ejemplo, tampoco había llevado la vida que hubiera deseado. Debió de ser en ese preciso momento, cuando Paul se dio cuenta de que no quería acabar así, encerrado en una habitación de cuarenta por cuarenta, contando billetes que un joven ingenuo había ganado.

Agarró la montañita de billetes verdes que había en la esquina de la mesa polvorienta y salió por la pequeña puerta de madera para ya nunca volver a entrar.

3.


Apenas oigo mis propios pensamientos con el ruido de fondo. Es temprano para entrar en clase, así que pese al follón de coches y gente, opto por sentarme en un banco de la concurrida plaza y me pongo a recordar cómo empezó todo.

Un comentario inocente…bueno, quizás no tan inocente, pero con total seguridad puedo afirmar que en ningún momento llegué a imaginar que tendría tanta repercusión como ha tenido.  Puede que quisiese llamar tu atención, pero nunca pretendí ser como las demás, babeando, desplegando sus encantos ante un muchacho de cara bonita. Porque hasta el momento eras sólo aquello, un chico atractivo, unos ojos azules demasiado solicitados como para fijarse en la chica del comentario ocasional…

No tardé mucho en darme cuenta de que eras más que una fachada. Tenías un increíble interior, una sensibilidad asombrosa y una capacidad de atracción metafísica.

Llamabas la atención de todos mis sentidos con tus palabras, a veces pesimistas y tristes, otras veces con una fuerza y un ímpetu que me alucinaba. Los sentimientos empezaban a aflorar y yo no sabía cómo contenerme. Me sentía tonta y desarmada tan solo por el secreto que tus ojos encerraban…aquel misterio, aquella ternura me obligaban a hablar contigo cada día, a la hora que fuese.

Me río ahora al recordar que pensaba que nunca sería lo suficientemente buena y bonita como para que te fijases en mí…si supieses la de veces que pensé en ti sin aún tener la certeza de tenerte…el amor que me embargaba con el solo hecho de pensar en ti…

Todo aquello me debilitaba cada día más, ardía en deseos de decirte lo que sentía, que empezaba a quererte, más allá de lo puramente físico, al margen de arder en deseos de sentir tus brazos…necesitaba sentir tu alma. Queda cursi, lo sé, pero me dedico a escribir, no puedes pedirme que deje mi lado íntimo y romántico a un lado. No todo serán comentarios picarones.

Al principio recuerdo que era todo tan inocente…dos personas hablándose como niños, sin decir nada y diciéndolo todo. Las indirectas, las sonrisas escondidas detrás de cada frase, las ganas de recibir otro mensaje tuyo, constituían mis días y mis noches. Podía imaginarte y sentir tu aliento, necesitaba tenerte cerca y saber que todo llegaría a buen puerto….