Alumbrado por la mezquina luz de una
bombilla de pocos vatios, el viejo Jack, se disponía a repartir las ganancias
de aquella provechosa noche. Paul, a su derecha observaba cada rincón de aquel
antro pequeño y maloliente. No medía más de cuarenta metros cuadrados. De las
agrietadas paredes que habían adoptado un color negruzco a causa de los años y
la falta de pintura, colgaban viejos recortes de periódicos y fotos en blanco y
negro. Una estantería polvorienta, una silla y una vieja mesa que cojeaba era todo
lo que había en aquel cuartucho. De pronto Jack vociferó algo. Con el
sobresalto, Paul perdió el equilibrio y resbaló, dejando caer de sus manos una
pequeña figurita comprada en algún lugar de Florida.
-¡Bien muchacho!, doscientos de los
grandes en un solo combate. ¡Si sigues así me retirarás antes de lo previsto!
Paul no dijo nada al respecto. Cierto
era que se había convertido el orgullo del barrio, pues era el más codiciado
púgil que se hubiera visto en muchos años. Pero Paul, no era feliz. Su sueño no
era llegar a lo más alto del boxeo profesional. Recordaba bien cuando todo
empezó. Él era un muchacho de las afueras de Manhattan que vivía en un barrio
pobre, entre escombros y ratas. No estudiaba, porque su madre no podía
permitirse pagarle una educación y su sueño era pintar. Dibujaba muy bien,
siempre había tenido talento para ello. A los seis años perdió a su padre y
desde entonces se relacionaba poco con la gente, todo lo que hacía era
encerrarse en su cuarto a pintar en su viejo cuaderno. De pronto un día
aparecieron unos muchachos que buscaban pelea. Después de casi una hora entre
puñetazos y patadas, un hombre muy bien vestido y que olía a colonia se acercó
a él. Le dijo que le había visto pelear, y que si se dejaba aconsejar, llegaría
a ser uno de los grandes. Le prometió el oro y el moro, y él, un pobre chico de
quince años, creyó escuchar múisica celestial. Con ese dinero sacaría a su
madre de aquel barrio y podría comprarle una bonita casa en el centro de Nueva
York.
Pero no era así. Cierto era que había
ganado mucho dinero, y que su madre vivía de maravilla, pero ¡a qué precio!,
había renunciado al sueño de ser dibujante, a cambio de unos pocos dólares
seguros. Ya lo había intentado dejar antes, pero Jack, su viejo amigo, le
“aconsejaba” que no se fuera, que no tirara su carrera por la borda, que
esperara un poco más. Paul tenía la sensación de haber sido secuestrado por su
empleo y por su manager, al que tenía tanto que agradecer. Si algo era cierto,
era que Jack se había comportado como un padre para Paul; Le educó, le pagó una
escuela y le enseñó la cara bonita de vivir a lo grande, mas, ahora que él
mismo vivía esa vida, había descubierto la cara mala.
Inmiscuido en esos pensamientos, notó
una palmadita afectuosa en la espalda. Se dio la vuelta y contempló el rostro
arrugado y viejo de su amigo. De golpe, parecía que hubieran pasado los años
muy deprisa. Nunca se había dado cuenta de la cantidad de arrugas y canas que
poblaban la cara y la cabeza de Jack. Fue en ese preciso instante, cuando se
dio cuenta de que el hombre que le había prometido lo mejor, poniéndose a sí
mismo como ejemplo, tampoco había llevado la vida que hubiera deseado. Debió de
ser en ese preciso momento, cuando Paul se dio cuenta de que no quería acabar
así, encerrado en una habitación de cuarenta por cuarenta, contando billetes
que un joven ingenuo había ganado.
Agarró la montañita de billetes verdes
que había en la esquina de la mesa polvorienta y salió por la pequeña puerta de
madera para ya nunca volver a entrar.
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