Amaneció un día más sin
ganas de nada. Miraba a su alrededor y no veía más que motivos para querer
desaparecer. A su derecha, un montón de libros y otros tantos apuntes a la
espera de ser revisados y estudiados. Un calendario le recordaba incesantemente
que en pocos días caería sobre ella todo un seguido de exámenes sin pausa para
el descanso y el relax que tanto necesitaba. Se levantó y verificó sus
sospechas. Ni un mensaje de texto, una sóla llamada, nada que la acercase un
poco al resto de la humanidad. Hacía tanto que se sentía sola y desamparada…le
daba la extraña sensación de que se
hubiera puesto a charlar con el primer desconocido que pasase por la puerta de
su casa.
Se miraba en el espejo y
veía a una chica sin arreglar, despeinada y con el rímel corrido de tanto
llorar. Ni rastro de la muchacha sensual y bonita que un día hubo, con aquellas
curvas de escándalo, los labios perfectamente pintados de rojo pasión y vestida
con un bonito a la par que corto, vestido negro y entallado. Le daba la
sensación de que nada de eso volvería. Ahora se veía fea, con unos cuantos
quilos de más y desganada. Creía entonces que no sería jamás deseada por un
hombre como lo fue antes, cuando su vida y juventud transcurrían entre fiestas
selectas y romances aún más cortos que sus vestidos.
Quedaba todo tan lejano
ya… el tiempo no perdona y para ella aquella época de risas y noches veladas
por el humo de un cigarrillo ya había acabado. No quedaba nada de la mujer que
aparecía en un escenario y encandilaba tanto a hombres como a mujeres. No había
ya ni un solo ramo de flores, con todos los que a su puerta habían llegado.
Mensajes anónimos llenos de deseo y admiración. Nada, ya nada…
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