Ya
no recuerda la última vez que dibujó una sonrisa, que miró con cariño a la
vida, que se dejó llevar por el vaivén del mar. Fue hace mucho que perdió las
ganas de arreglarse y de calzarse unos tacones, de pisar una discoteca y de
comerse el mundo a grandes mordiscos.
No
sabía muy bien lo que la empujó a dejar que la vida se le escurriera como se
escurre el agua entre las manos de un chiquillo, pero fuera lo que fuese la
apagó para siempre. Lloraba con aquel sentimiento de rabia contenida que no te
deja soltar las lágrimas libremente, sino que te las arranca una a una con todo
el dolor de tu corazón, más por la humillación de estar llorando que por la
pena que te consume.
Nunca
pensó que aquello que muchos consideraban una necedad fuera a desembocar en
algo tan terrible. Lo pensó varias veces seriamente, se intentaba convencer de
que no había motivo para hundirse de aquella manera, pero no lo lograba. Los
días no tenían ya luz, el Sol calentaba su piel pero dentro, muy dentro, un
corazón helado irradiaba un frío gélido que la paralizaba. Era duro mirar a su
alrededor y no ver a nadie dispuesto a escucharla, pero lo que más la comía era
que ni siquiera su pluma la dejaba desahogarse enfrente de un papel. La
sensación de no poder acabar con la pena que la inundaba, de no ser capaz
siquiera de escribir una línea cuando antes cualquier excusa le servía para
crear, la ahogaba de tal manera que nada ni nadie podía calmarla.
Buscó
entonces otras formas para mitigar el dolor que le roía las entrañas, aquella
sensación desconocida hasta entonces y que ahora convivía en su cuerpo, tan
dentro de ella que sólo se apreciaba mirándola a los ojos, más allá de sus
pupilas. El alcohol nunca había formado parte de su dieta, pero aquellos días
se convirtió en el mejor aliado para poder ahogar su pena. Junto a él, la
marihuana envolvía en una falsa paz a aquella pobre infeliz.
Cada
vez más inconsciente de sus actos, la que un día fue reina se convirtió en una
mera espectadora de su propia vida y habiendo soltado ya las riendas de ésta,
dejaba que simplemente pasara delante de sus ojos, tristes y apagados, sin ganas
de hacer nada por evitarlo. Aburrida de esta situación, un día decidió que no
aguantaba más. Su vida estaba vacía y ella lo sabía bien, así que ante la
imposibilidad de volver a llenarla, decidió que no quería estar más tiempo
esperando a que se consumiera como un cigarrillo.
Sentada en la bañera con el agua regándola desde arriba, su
melena negra se le pegaba a la cara y el cuerpo. No sentía frío, ni tampoco
calor. Era placentero llorar ahí metida, en un espacio pequeño con el agua
resbalando por su piel porque así no se tenía que parar a contar las lágrimas
que derramaba sobre la cama o su sudadera, sino que estas se largaban por el
desagüe...En un gesto egoísta y repentino puso el tapón. Quería retenerlas allí
con ella, eran suyas, su carga, todo lo que sentía en forma de pequeñas gotas.
Sentía que con ellas allí todo tenía más sentido, buscaba la manera de justificarse. Lo
dispuso todo de una forma casi armónica. De fondo sonaba aquella melodía dulce
de piano y el olor a incienso se mezclaba con el vapor del agua caliente. Miró
un ratito el techo y quedó absorta por el reflejo que el agua hacía con la luz
en él. El efecto de desinhibición que la marihuana causaba en ella la
ayudaba a no pensar demasiado en lo que estaba a punto de hacer.
Al acabar esa triste canción, la voz rasgada de Kurt Cobain
la empujó a coger la cuchilla, pequeña e inofensiva y a acercarla a su cuerpo.
Uno a uno, pequeños cortes dejaban salir hilitos finos de vida, como un paso de
cebra sobre la piel. La droga se apoderaba de sus sentidos, el rímel se
mezclaba en la bañera con el agua, las lágrimas y la sangre. El mareo causado por la droga y la pérdida de
fuerza contribuían a que sus cortes fuesen cada vez menos limpios.
Llegó un punto en el que se sentía cansada y decidió parar.
El incienso se consumía junto con su vida, lo notaba. Era irónico, siempre
pensó que morir así causaba un gran dolor y por la contra ella no sentía nada.
Era una forma cobarde de acabar con su vida, sí, pero ahora ya no le importaba
que la juzgaran. Sumergió la cabeza en el agua teñida de rojo por su propia
sangre y durmió. La encontraron al poco tiempo, justo después de que los
vecinos de abajo advirtieran una mancha de humedad en el techo de su casa y
subieran a husmear. Estaba como dormida, con los brazos destrozados y una
canción en su móvil que no dejaba de sonar. “Let it be” de The Beatles la había
ayudado siempre a mirar hacia adelante y en cierta forma no la abandonó ni a la
hora de irse.
Cerca del cuerpo, encima del mueble del baño, encontraron una
nota, escrita de su puño y letra, dónde se leía: “Teje
con las falsas promesas que te hagan, una manta para el invierno y cúbrete con
ella cuando caigan las primeras nieves, recoge en botes de cristal las lágrimas
que derramaste porque ellas serán tu fuerza. Guarda todos los malos recuerdos
en un baúl y conviértelos en tus vientos. Libéralos, Pandora, pues ellos te
harán libre y evitarán, quizás, que tropieces mil veces con la misma piedra”.