Las palabras de esa preciosa canción y que sabía que jamás
le oiría pronunciar, ahora retumbaban en su cabeza como una pesadilla,
acompañadas de un llanto incesante y silencioso cuyas lágrimas desembocaban en
la mullida almohada de su cama. La oscuridad de la habitación arrullaba su
vigilia y la acompañaba hacia el abismo de dolor que estaba a punto de
alcanzar.
Todos creían que estaba por fin superando aquello, que ya
nada la afectaba y que tal vez había encontrado un nuevo amor, pero nuevamente
nada en ella cuajaba y todo volvía a venirse abajo con la facilidad con la que
se desmorona un castillo de naipes. Nadie más que ella sabía de la fragilidad
de su mente casi tanto como de la de su cuerpo.
Guardaba aún todo lo que le dijo en un pequeño tarrito bajo
su cama, junto a los detalles y las sonrisas, un poco alejado de las discusiones,
que también las guardaba, por supuesto.
Y aunque ella creía conocer la infelicidad de aquél que
había sido tan importante para ella, no diría nunca nada, le dejaría seguir
creyendo que aquello era ser feliz y se limitaría a repetirse una y otra vez
las mismas palabras...
“Debería haber ido detrás de ti, haberte demostrado que eras
todo lo que realmente me importaba y haberte hecho creer que aquello que
tuvimos era todo lo que necesitábamos”
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