lunes, 24 de septiembre de 2012

Las princesas de los cuentos no siempre son chicas de tez fina y ojos grandes, con una melena larga y sedosa que ondee al viento y un cuerpo de porcelana. No siempre llevan vestidos largos y zapatitos de cristal. Es más, hay veces que ni su cuento tiene un final feliz ni ellas son princesas realmente. Puede que solo fuesen chicas queriendo pretender ser felices en medio de todo este lío de gente llamado mundo. 

Vidas anónimas que nunca serán contadas, bailes de gala que nunca se celebrarán, príncipes que al besarlos se convertirán en sapos...Los cuentos, y siento ser yo quién os lo descubra, no existen. Nadie nace con el cuento feliz y la historia de amor tierna y preciosa dictados. Eso son cosas que tenemos que ir escribiendo nosotros día a día, entrando en el juego del caprichoso destino, enredándonos con cada gesto, enamorándonos de un olor.

Yo el mío lo empecé ya hace tiempo, y mi princesa de cuento estaba encerrada en un caparazón que pretendía aislarla del mundo exterior para no sufrir. A lo largo de los capítulos, ha ido siendo engañada, salía de su fortaleza y al poco tiempo volvía a estar en ella y se juraba no salir nunca más. Pero no es una princesa fuerte, no. 

Una vez pensó que aquella era la oportunidad definitiva y decidió no salir ella, sino dejar entrar al enemigo en casa. Ciertamente durante un tiempo fue un huésped excelente, educado, servicial, pero cuando mi Wendy quiso mostrar sus sentimientos verdaderos, descubrió que el pequeño Peter traía consigo una Campanilla que no ponía nada fácil las cosas. La princesa lo confesó todo al que un día creyó príncipe, y entonces, equivocada  avergonzada por el ridículo espantoso que había hecho, la princesa volvió a su cuento de tapas duras y amarillentas, ese que nadie abría porque no tenía un final perfecto, sólo tenía un punto y aparte a la espera de que alguien se lo reescribiese.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Al mal tiempo, buena cara.


Cuando lo único que queda es el recuerdo de lo que pudo ser y no fue, cuando paras más de cinco minutos y tu cabeza automáticamente se pone a pensar, cuando los ojos se te llenan de mil lágrimas y tú no haces nada por contenerlas dentro, entonces puedes darlo todo por acabado.

Se dice que si algo no tiene solución, no hay motivo para lamentarse, pues lo inevitable ocurrirá, pasará el tiempo y todo habrá acabado. Pero el ser humano no es tan racional como creemos, aunque pensemos que tomar las decisiones correctas nos hará felices y libres, hay que ser consciente y saber que no, que siempre seremos presas de nuestros miedos y pensamientos, de las reacciones de nuestras acciones. Es cierto que llegará un  punto que la herida dejará de doler porque tendremos otras cosas en las que pensar, incluso puede que tengamos heridas más profundas, pero aquella que nos dolió tanto en un tiempo pretérito nunca cicatrizará. Nos perseguirá la nube negra de saber que aquello lo hicimos mal, que alguien lloró por nuestra culpa o que amamos y no fuimos correspondidos, sea cual sea la cruz que carguemos ésta siempre nos acompañará.

No debemos culparnos o pensar en lo idiotas que fuimos, nunca hay que mirar atrás y lamentarnos por haber dicho alguna vez un “te quiero” cuando no se debía sentir, o haber perdonado hasta el punto de no retorno en el que nuestros cabreos carecen de valor. Siempre  llegará el momento de decir basta, de plantarse, de dejar de luchar. Porque la sabiduría popular nos enseña que una retirada a tiempo siempre es una victoria, y el sentido común dicta que nunca es tarde para retirarse.
El objetivo en esta vida es claro, en la jungla de los sentimientos lo importante es que no te coman. Deja que te muerdan, porque es inevitable, pero cuando la herida toque hueso y duela demasiado, entonces álzate contra tus propios sentimientos y los ajenos, lucha por cicatrizar rápido y muerde, muerde fuerte para que se enteren de que nadie en el mundo podrá contigo, que tú vales más que un amor frustrado, un insulto por la calle, la envidia de los demás.

Teje con las falsas promesas que te hagan, una manta para el invierno y cúbrete con ella cuando caigan las primeras nieves, recoge en botes de cristal las lágrimas que derramaste porque ellas serán tu fuerza. Guarda todos los malos recuerdos en un baúl y conviértelos en tus vientos, libéralos, Pandora, pues ellos te harán libre y evitarán, quizás, que tropieces mil veces con la misma piedra.
Vive, gana, pierde, llora o ríe, pero aprende a levantarte con una bonita sonrisa en los labios cada vez que caigas, porque al mal tiempo, buena cara. 

lunes, 3 de septiembre de 2012

El juego del amor.

Te das cuenta de que realmente hiciste el idiota cuando creíste ser algo que no eras, que te trataban diferente al resto cuando sólo eres una pieza pequeña en el puzzle de una vida. Sabes que por mucho que pensaste que no te ibas a arrepentir, las cosas han ido por caminos que no te esperabas o que no quisiste esperar.
La vida, igual que todas las cosas, es un montón de decisiones por tomar que se entrelazan y causan lo conocido como 'acción-reacción'. Una vez tomas una de estas decisiones ya no puedes volver atrás, así que lo óptimo es pensar bien antes de hablar, para no herir los sentimientos de nadie ni los tuyos propios. Es imposible tomar todas las decisiones de la forma correcta, pero lo verdaderamente importante es estar convencido al 100% cuando decides algo para que luego no te quede el sabor en los labios de poder haberlo hecho diferente. Afrontar las meteduras de pata nos hace crecer.
Yo escribo esto como método de reafirmación de mis propias decisiones, y en cambio no me creo o no hago caso de mis propias palabras. Siento dentro un arrepentimiento tan grande que me gustaría gritar y volver atrás para darme un capón y no dejarme cometer los errores que ahora pesan.
Há...irónico sentimiento la culpa. Primero te miras al espejo como un boxeador y te repites a ti mismo que sales a por todas, que te da igual a quien le joda porque tú quieres algo y vas a luchar por ello. Pero después de ese combate en el que parece que no has recibido más que las flores del vencedor, el mismo espejo que te animaba ahora muestra a alguien lleno de cardenales, los labios partidos y el corazón roto. Toca coser las heridas mientras tu adversario sigue ahí y lo sabes, porque él es consciente de que siempre esperarás el segundo asalto en el que por fin seas el verdadero vencedor. Tú tienes miedo de salir de tu cueva ahora que por fin estás dentro y prolongar el dolor es una tontería, así que adviertes que para cuando se decida a volver a salir al ring tu ya no estarás ahí y deberá buscarse otro oponente. Ninguno quiere asumirlo aunque ambos sabéis que es lo mejor. Y te retiras,con todo el dolor de tu corazón, porque en el juego del amor no hay segundos asaltos.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Momentos.

Momentos en los que miras atrás y sabes que has hecho cosas que no deberías, que has dicho palabras que no debiste haber pronunciado. Momentos en los que valdrá más la pena haber metido la cabecita en un agujero o quedarte en casa. Pero por extraño que parezca no cambiarías ni una coma de todo lo que pasó y dijiste, porque por un ratito fuiste feliz y tuviste lo que querías. Ratos que ni siquiera cuando los recuerdas los vives con la misma intensidad. Es como una botella de cava, que una vez descorchada va perdiendo bravura y las miles de burbujitas que salían de tu copa, ahora se apagan y no volverán a ser lo mismo. Tú te tumbas en la cama y piensas, recuerdas todos y cada uno de los movimientos que hicisteis, las palabras, los gestos. Sientes esa cosilla dentro, pero nada es comparable a lo que sentiste en ese momento, cuando positivamente sabías que no volvería a repetirse, que una vez se acabara aquel ratito, nunca regresaría.
Miras el espejo, te contemplas ahí de pie, te acuerdas de cuanto tardaste en decidir qué ponerte, elegir el color de uñas, el pelo...todo. ¿Y para qué? Si al fin y al cabo todo fue un instante, rápido, precioso y nunca recordará qué llevabas puesto o el brillo de tus ojos al oírle hablar. Te sientes tonta, hundida y triste, sientes que hiciste el ridículo más grande de tu vida y aún así te da igual. Puede que en ese momento soltases un lastre que te pesaba en el pecho, y ahora que ya no lo tienes te sientes liberada. Pero también puede que en el momento en que tú te liberaras, escucharas y te dieras cuenta de algo que no merecía la pena saber. Te jode, pero callarás y sólo te queda aguantar. Esperar sentadita y con cara de estar bien hasta que finalmente todo acabe, para bien o para mal.