domingo, 2 de septiembre de 2012

Momentos.

Momentos en los que miras atrás y sabes que has hecho cosas que no deberías, que has dicho palabras que no debiste haber pronunciado. Momentos en los que valdrá más la pena haber metido la cabecita en un agujero o quedarte en casa. Pero por extraño que parezca no cambiarías ni una coma de todo lo que pasó y dijiste, porque por un ratito fuiste feliz y tuviste lo que querías. Ratos que ni siquiera cuando los recuerdas los vives con la misma intensidad. Es como una botella de cava, que una vez descorchada va perdiendo bravura y las miles de burbujitas que salían de tu copa, ahora se apagan y no volverán a ser lo mismo. Tú te tumbas en la cama y piensas, recuerdas todos y cada uno de los movimientos que hicisteis, las palabras, los gestos. Sientes esa cosilla dentro, pero nada es comparable a lo que sentiste en ese momento, cuando positivamente sabías que no volvería a repetirse, que una vez se acabara aquel ratito, nunca regresaría.
Miras el espejo, te contemplas ahí de pie, te acuerdas de cuanto tardaste en decidir qué ponerte, elegir el color de uñas, el pelo...todo. ¿Y para qué? Si al fin y al cabo todo fue un instante, rápido, precioso y nunca recordará qué llevabas puesto o el brillo de tus ojos al oírle hablar. Te sientes tonta, hundida y triste, sientes que hiciste el ridículo más grande de tu vida y aún así te da igual. Puede que en ese momento soltases un lastre que te pesaba en el pecho, y ahora que ya no lo tienes te sientes liberada. Pero también puede que en el momento en que tú te liberaras, escucharas y te dieras cuenta de algo que no merecía la pena saber. Te jode, pero callarás y sólo te queda aguantar. Esperar sentadita y con cara de estar bien hasta que finalmente todo acabe, para bien o para mal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario