Vidas anónimas que nunca serán contadas, bailes de gala que nunca se celebrarán, príncipes que al besarlos se convertirán en sapos...Los cuentos, y siento ser yo quién os lo descubra, no existen. Nadie nace con el cuento feliz y la historia de amor tierna y preciosa dictados. Eso son cosas que tenemos que ir escribiendo nosotros día a día, entrando en el juego del caprichoso destino, enredándonos con cada gesto, enamorándonos de un olor.
Yo el mío lo empecé ya hace tiempo, y mi princesa de cuento estaba encerrada en un caparazón que pretendía aislarla del mundo exterior para no sufrir. A lo largo de los capítulos, ha ido siendo engañada, salía de su fortaleza y al poco tiempo volvía a estar en ella y se juraba no salir nunca más. Pero no es una princesa fuerte, no.
Una vez pensó que aquella era la oportunidad definitiva y decidió no salir ella, sino dejar entrar al enemigo en casa. Ciertamente durante un tiempo fue un huésped excelente, educado, servicial, pero cuando mi Wendy quiso mostrar sus sentimientos verdaderos, descubrió que el pequeño Peter traía consigo una Campanilla que no ponía nada fácil las cosas. La princesa lo confesó todo al que un día creyó príncipe, y entonces, equivocada avergonzada por el ridículo espantoso que había hecho, la princesa volvió a su cuento de tapas duras y amarillentas, ese que nadie abría porque no tenía un final perfecto, sólo tenía un punto y aparte a la espera de que alguien se lo reescribiese.
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