El roce suave de sus manos como queriéndola atrapar, el
perfume de su ropa acariciándola con ternura y la bonita sonrisa, amplia y
satisfactoria que se le dibujaba en la cara, eran motivos más que suficientes
para volverla loca. Se dejaba llevar por el vaivén de la música en aquella
pequeña sala llena hasta reventar pero que para ella estaba vacía. Sólo el foco
grande que cambiaba de color la hacía rozar con la punta del alma la cruda
realidad. Las canciones transcurrían con el intermedio necesario para que se
recordase a sí misma que aquello no era real, que era una estrella fugaz posada
en su alféizar, que acabaría por terminar el sueño de aquella noche de verano. Y ya nada volvería a ser lo mismo.
Le miró de nuevo y se perdió en aquellos ojos que parecían
quererlo todo. Él apenas se daba cuenta de lo que por la mente de aquel corazón
desconsolado pasaba, solo sonreía porque la creía feliz. Ella, dándose un poco
de rienda suelta, se acercó a su oído y susurró algo que nunca debía haber
salido de esos labios. Sintió que la música dejaba de sonar, que la gente a su
lado se paraba y al miraba. Aquel “te quiero” retumbó en su boca y después en
su corazón, la ahogó hasta matarla.
Entonces le miró y creyó entrar en calma cuando le vio
sonreír y brillar como ella. Pero no, volvía a equivocarse. Él tomó sus manos
con una fuerza llena de dulzura y las posó sobre su cintura, sin dejar de
mirarla. En ese momento se acercó a ella y en un susurro la desmontó: “Esto es
lo que querías, ¿no? Pues ya lo tienes, no voy a ofrecerte más, no puedo”.
Una copa cayó al suelo al tiempo que ella dejó de tocarle.
Una legión de lágrimas incontroladas se apoderó de sus ojos y la tristeza la
hizo su prisionera. En el fondo él no había entendido nada, pero no iba a
explicárselo de nuevo así que se limitó a enterrar lo que sentía, se atusó el
pelo y le sonrió radiante. Aquella noche era suya, ya habría tiempo de acabar
de encerrarse en su caparazón más tarde. Tenía toda la vida para hacerlo.
Las horas transcurrieron entre bailes y risas forzadas hasta
que la joven miró su reloj CASIO de pulsera, regalo de unas Navidades, y
determinó que era hora de marcharse. Se lo comunicó a su compañero y se dispuso
a marcharse. Lo que ocurrió a continuación fue tan rápido que no sirve una
oración para explicarlo.
Fue un roce, sus manos agarrándola por el brazo, un
tropiezo, una mirada, tenerle delante. Fueron sus labios acercándose al cuello
de ella, unas manos que acariciaban a lo largo de una espalda y mil susurros.
Fueron ambos a pocos centímetros el uno del otro. Fue el beso que nunca se
dieron. Más tarde fue ella volviendo a casa con ganas de más y él dándolo todo
por acabado.
Fue la historia en la que no se entendieron y en la que se
tuvieron más cerca que nunca y a la vez tan lejos que ni se rozaron sus
corazones. En la que fueron más suyos…En la que fuimos más “tú” y más “yo”.
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