No lo hacía por nadie más que por ella. Sentada en la bañera con el agua regándola desde arriba, su melena negra pegada a la cara y el cuerpo. No sentía frío, ni tampoco calor. Era placentero llorar ahí metida, en un espacio pequeño con el agua resbalando por su piel porque así no se tenía que parar a contar las lágrimas que derramaba sobre la cama o su sudadera, sino que estas se largaban por el desagüe...En un gesto egoísta y repentino puso el tapón. Quería retenerlas allí con ella, eran suyas, su carga, lo que sentía en forma de pequeñas gotas. Sentía que con ellas allí todo tenía más sentido y que lo que hacía estaba más justificado.
Lo dispuso todo de una forma casi armónica. De fondo sonaba aquella melodía dulce de piano y el olor a incienso se mezclaba con el vapor del agua caliente. Miró un ratito el techo y quedó absorta por el juego y el reflejo que el agua hacía con la luz en él.
Al acabar esa triste canción, la voz rasgada de Kurt Cobain la empujó a coger la cuchilla, pequeña e inofensiva y a acercarla a su cuerpo. Sabía que los cortes en las muñecas levantarían sospechas, era verano...repasó por un momento su cuerpo y decidió que los tobillos eran la mejor solución. Uno a uno, pequeños cortes dejaban salir hilitos finos de vida, como un paso de cebra sobre la piel. Cuando tuvo uno de los tobillos inundado en sangre se dio la vuelta y aspiró con fuerza una de las rayas de ese polvito blanco tan bien hecha. Le sentó bien y creyó que sería porque la había aspirado con la última carta que él le escribió. Le caían lágrimas al tiempo que el sabor amargo de la cocaína se apoderaba de su garganta. El estribillo de Smells like teen spirit la llevó a tomarla con su otro tobillo, esta vez más segura de sí misma, más fuerte, más inconsciente. Y otra raya desapareció de encima de aquél viejo libro de filosofía. La droga se apoderaba de sus sentidos, el rímel se mezclaba en la bañera con el agua, las lágrimas y la sangre. "Joder, como escuece, me cago en la puta de oros..." Pero no paraba, una y otra vez agarraba aquella cuchilla para rasgarse. Sus cortes eran cada vez más largos, más profundos.
Llegó un punto en que supo que ya todo era igual. Que lo único que conseguiría sería un dolor intenso y no poder andar al día siguiente. Y quería evitar ese dolor...Aspiró otra con fuerza, con esa ya eran tres. Todavía quedaba una, el final agridulce. Su capacidad cognitiva había disminuido hasta tal punto que no era consciente ni de su propio dolor. Determinó que ahora una línea fina en el tobillo no era suficiente así que cogió el pequeño utensilio con más fuerza que antes. Miró su brazo izquierdo y se sonrió. La bañera estaba llena a la mitad. Tras el corte, acabó con la última raya de cocaína, desplegó el rulo improvisado y leyó la carta. Acto segido submergió la cabeza en el agua y durmió.
La encontraron al poco rato, cuando el agua ya llegaba fuera del baño. Como dormida, hasta arriba de cocaína, con la carta en una mano y el nombre de él rajado en el brazo izquierdo.
Un triste final.
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