jueves, 18 de noviembre de 2010

Premio "Concurs Literari 2010"

Llegué a las doce del mediodía. En el centro de aquél inmenso cielo, reinaba un Sol amarillo y redondo como un plato. Las vistas desde mi mesita de madera barnizada eran espectaculares.
El agua era cristalina. Los pequeños peces se acercaban a mí sin miedo. Cuando salí del agua, vislumbré una hamaca solitaria bajo un gran parasol, me tumbé.
Me desperté sobresaltado, me había quedado dormido en la playa y un pequeño cangrejo me miraba desde una roca no muy lejana. Eché a caminar hacia mi cabañita de madera a descansar, hasta el día siguiente a las seis de la mañana.
Poco antes de la hora prevista, mis ojos se abrieron, mi sueño había estado interrumpido por las ganas inmensas de realizar aquella excursión que tanto había deseado, la Gran Barrera de Coral era mi objetivo. Con una puntualidad casi británica, una muchacha alta, morena y con una bonita cabellera me saludó. Era una aborigen de la isla. Su acento era extraño, pero se entendía bastante bien.
-“Buenos días Xavi”.
El barco volvió a marearme. A la chica parecía hacerle gracia mi cara de sopa, porque se reía, con unos dientes como perlas. Era la sonrisa más bonita que jamás hayáis imaginado.
El viaje duró aproximadamente media horita. Nos equipamos y nos lanzamos al agua. Era precioso, lleno de vida y colores. Allí abajo me sentía completamente evadido de todo. Mi guía se movía como un pececito dentro del agua. De repente alguien me hizo una seña. Subíamos a comer y nos íbamos a la playa, donde los aborígenes nos habían preparado una bienvenida a la isla.
Aquella noche fue perfecta. Una hoguera en la playa, danzas y bailes originarios de la tribu, y ella, aquella preciosa mujer. La Luna iluminaba su cabello largo y ondulado aún mojado y sus ojos claros y juguetones, llenos de vida.
Fueron las mejores vacaciones de mi vida, incluso había conocido a una persona especial, que poco tiempo después se convertiría en mi mujer.


*Traducido al castellano

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