domingo, 15 de mayo de 2011

Pintor de Miradas.

Y así, con el Sol observando desde lo alto del cielo claro, transcurre en calma la mañana de un domingo cualquiera de un precioso mes de Marzo. Las gentes pasean por el camino asfaltado que lleva a la playa, despreocupados, llenos de ilusiones. Más allá, una pareja corre por la arena, con el viento haciendo ondear el cabello moreno de ella mientras, él, ríe divertido y la mira, con unos ojos llenos de pureza, la pureza y frescura de un amor joven.
Un poco más lejos, un joven se sienta y dibuja. Plasma en un pequeño lienzo, un bonito paisaje. Una playa. Lo miro detenidamente y observo todos y cada de sus trazos, limpios, seguros. No duda. Moja su pincel en una paleta de esas típicas, de las redondas con un agujerillo. Pinta con brío, sin dejar de mirar el lienzo, como si tuviera su modelo en la cabeza. Y en parte lo está. Poco a poco, la figura de una muchacha aparece en el cuadro. Tímida, difuminada al principio, luego con más fuerza y color. Irradia un brillo en aquél paisaje costero que parece salir de lo más profundo de su mirada. El joven pintor cierra si maletín de pinturas y se limpia las manos con una vieja tela. Se queda quieto, observando su creación, atento, repasando cada trazo, cada pincelada y sonríe satisfecho, finalmente. Quién sabe qué estará pensando. Quién sabe qué recuerdos evoca esa mirada radiante y joven. Qué dulces sabores le hará recordar. Luego, más tarde, se levanta. Me mira, y yo, embobada y perdida en mis cávilas sigo mirándolo a los ojos, castaños, grandes, llenos de vida. Me sonríe y mis mejillas adoptan un color rojo, como el de un amanecer.  Se ha dado cuenta. Y dejándome atontada, perdida en su aura de misterio y belleza, se va. Porta con él el cuadro. Pero, antes de marchar definitivamente, se acerca a mí y me tiende el lienzo. Ahora que lo veo más detenidamente me doy cuenta. Ésa joven, la de la mirada luminosa, soy yo. Vuelve a sonreírme y ahora, la que sonríe por dentro, soy yo. Se vuelve y se va, mientras yo, cobarde y ruborizada como una cría de dieciséis años consigo entonar un débil ‘Gracias’ mientras me castigo por no haber sido capaz de decir nada más inteligente y a tiempo, para poder haber seguido charlando con aquél peculiar pintor de miradas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario