Cuando, como por arte de magia, todo cobra sentido de nuevo. Por fin ves la ansiada luz al final del túnel, acercándose, con una suave brisa que te acaricia la cara… Y por un momento te detienes, tienes miedo de avanzar por lo que pueda venir después. Y te giras y ves todo lo que has pasado, las noches en vela, las lágrimas derramadas, la tristeza y el dolor… No quieres volver a pasar por todo ello, no te apetece volver a caer y perderlo todo. La idea de no moverte de esa constante oscuridad no suena tentadora, pero sí cómoda. Aunque es una comodidad intranquila, poco segura y que no invita a permaneces en ella por mucho tiempo.
Así que sigues avanzando, caminas hacia esa luz esperanzadora, cálida y atrayente. Estiras un brazo y casi alcanzas a tocarla, tan pura, tan cercana Sigues asustado , pero ése miedo se mezcla con las ganas de saber qué te espera a la salida. Y llegas. Sólo hay paz, es un prado con un riachuelo. Apacible y tranquilo, invita al amor.
Y esa luz eres tú. Esa calma, eso que me da miedo y a la vez me llama la atención. Aquél foco de esperanza e ilusión que me proporcionan tus palabras, tus brazos, las promesas que nos hicimos, las noches de lágrimas y los días de felicidad. Todo lo que me has dado sin tocarme y lo que nos queda por darnos.
El amor. Ese amor puro y limpio, joven, fresco y con el punto justo de picardía, las caricias y los susurros tímidos. Las ganas que tenemos el uno del otro, la sinceridad y el cariño.
Todo lo que nos hemos dado, todo lo que nos queda, todo. Todo eso que nunca podré agradecerte lo suficiente.
Y sólo me sale decirte que te quiero, aunque tú ya lo sabes.
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